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jueves, 8 de mayo de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: LA EUCARISTÍA Y LA GLORIA DE DIOS

LA EUCARISTÍA Y LA GLORIA DE DIOS

Ego honorifico Patrem meum
“Yo honro a mi Padre” (Jn 8, 49)

Jesucristo, nuestro Señor, no ha querido permanecer con nosotros aquí en la tierra sólo por medio de su gracia, de su verdad y de su palabra, sino, que también quiso quedarse en persona.
Así que nosotros poseemos al mismo Jesucristo que vio la Judea, aunque bajo otra forma de vida. Ahora viste el ropaje sacramental, es verdad; mas no por eso deja de ser el mismo Jesucristo, el mismo hijo de Dios e hijo de María.
La gloria de Dios: eso es lo que Jesucristo procuró mientras vivió en la tierra, y eso es lo que, en el augusto Sacramento, constituye el fin principal de todos sus deseos. Puede decirse que Jesucristo tomó el estado sacramental para seguir honrando y glorificando a su Padre.

I
El Verbo divino reparó, por la encarnación, y restauró la gloria del creador, oscurecida en la creación por el pecado del primer hombre, a que le arrastró la soberbia.
Para ello se humilló el Verbo eterno hasta unirse a la naturaleza humana; tomó carne en el purísimo seno de María y se anonadó a sí mismo tomando forma de esclavo.
Rescatado el hombre con el precio de su divina sangre, devuelta a su Padre una gloria infinita con todos los actos de su vida mortal y purificada la tierra con su presencia personal, Jesús subió glorioso al cielo, pues su obra quedaba terminada.
¡Oh qué día más glorioso para la celestial Jerusalén el de la triunfante ascensión del Salvador!
¡Pero día triste y muy triste para la tierra, porque se aleja de ella su rey y su reparador! ¿No sería de temer que allá, en la patria de los bienaventurados, se convirtiese bien pronto la tierra en objeto de mero recuerdo, que no tardará en olvidarse y acaso en objeto de ira y de venganza?
Cierto que Jesús deja establecida su Iglesia entre los hombres, y en ella buenos y santos apóstoles; ¡pero éstos no son el divino maestro!
En la Iglesia habrá también muchos y muy santos imitadores de Jesús, su divino modelo; pero al fin son hombres como los demás, con sus defectos e imperfecciones, y nunca libres, mientras viven en la tierra, de caer en los profundos abismos de la culpa.
Si la reparación obrada por Jesucristo y la gloria devuelta a su Padre con tantos trabajos y sufrimientos las dejase en manos de los hombres, ¿no habría que temer por su mal resultado? ¿No sería a todas luces arriesgado encomendar la obra de la redención del mundo y de la glorificación de Dios a hombres tan incapaces e inconstantes siempre?
No, no; ¡no se abandona así un reino conquistado a costa de tan inauditos sacrificios como son la encarnación, pasión y muerte de un Dios!
¡No se expone a tales riesgos la ley divina del amor!

II
Entonces, ¿qué hará el Salvador?
Permanecerá sobre la tierra. Continuará para con su eterno Padre el oficio de adorador y glorificador. Se hará Sacramento para la mayor gloria de Dios.
¿No veis a Jesús sobre el altar... en el sagrario? Está allí... Y ¿qué hace?
Adora a su Padre, le da gracias, intercede por los hombres, se ofrece a Él como víctima, como hostia propiciatoria para reparar la gloria de Dios, que sufre menoscabo continuamente. Allí está sobre su místico calvario repitiendo aquellas sublimes palabras: “¡Padre, perdónalos...; te ofrezco por ellos mil sangre..., mis llagas...!”
Se multiplica por todas partes; dondequiera sea preciso ofrecer alguna expiación. En cualquier sitio que se establezca una familia cristiana, allá va Jesús a formar con ella una sociedad de adoración, para glorificar a su Padre, adorándole Él mismo y haciendo que le adoren todos en espíritu y en verdad.
Y el Padre, satisfecho y glorificado cuanto merece, exclama:
“Mi nombre es grande entre las naciones; desde el oriente al ocaso se me ofrece una hostia de olor agradable”.

III
¡Oh maravilla de la Eucaristía! Jesús por su estado sacramental rinde homenaje a su Padre de manera tan nueva y sublime que nunca jamás recibió otro igual de criatura alguna, ni aun pudo hasta cierto punto recibirlo tan grande del mismo redentor aquí en la tierra.
¿En qué consiste este homenaje extraordinario?
En que el rey de la gloria, revestido en el cielo de la infinita majestad y poder de Dios, inmola exteriormente en el santísimo Sacramento, no solamente su gloria divina, como en la encarnación, sino también su gloria humana y las cualidades gloriosas de su cuerpo resucitado.
No pudiendo honrar a su Padre, en el cielo, con el sacrificio de su gloria, Jesucristo desciende a la tierra y se encarna de nuevo sobre el altar; el Padre puede contemplarle todavía tan pobre como en Belén; aunque continúe siendo rey de cielo y tierra y tan humilde y obediente como en Nazaret, puede verle sujeto no sólo a la ignominia de la cruz, sino a la más infamante de las comuniones sacrílegas y sometido a la voluntad de sus amigos y profanadores...
Así procura la gloria de su Padre este mansísimo Cordero, inmolado sin exhalar una queja; esta inocente víctima que no sabe murmurar; este glorioso Salvador que jamás pide venganza.
Mas ¿para qué todo esto?
Para glorificar a su Padre, por la continuación mística de las más sublimes virtudes; por el sacrificio perpetuo de su libertad, de su omnipotencia y de su gloria inmoladas por puro amor, en el santísimo Sacramento, hasta la última hora del mundo.

Presentando Jesucristo aquí en la tierra, con sus humillaciones, un contrapeso eficaz al orgullo del hombre y rindiendo, por esta razón, una gloria infinita a su Padre, le consuela vivamente. ¡Qué razón de la presencia eucarística más digna del amor de Jesús a su eterno Padre!

sábado, 3 de mayo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA: XIV. La Santísima Virgen se desposa con San José.

XIV.  La Santísima Virgen se desposa con San José.


Luego que la santísima Virgen hubo cumplido los quince años, se juntaron sus parientes más cercanos, todos de la tribu de Judá, y de la familia de David con ella. Entre todos los que estaban en estado de casarse con María, se eligió a san José, a quien la Divina Providencia había destinado desde la eternidad para ser el tutor y el padre legal y putativo del Salvador, como esposo de María, madre natural y verdadera de Jesús. algunos son de parecer que era tío de la santísima Virgen, o a lo menos su primo hermano; lo cierto es, que era uno de sus parientes más cercanos, de la misma tribu y de la misa sangre Real que ella, aunque la fortuna le había reducido a la humilde condición de artesano, pues era carpintero; pero, por más oscura que fuese su condición, ningún hombre, dice san Epifanio, fue jamás, ni más noble, ni más rico que él a los ojos de Dios; ninguno llegó con mucho al mérito, a la pureza y a la eminente santidad de este gran Patriarca; el mismo santo Padre añade, que san José era entonces de una edad muy avanzada, y que prevenido desde su primera juventud en una gracia especial, casi desconocida en aquel tiempo entre los judíos, no había querido jamás casarse, resuelto a guardar perpetua virginidad toda su vida; que si asintió a la caída de la edad al casamiento con María, su parienta, fue porque conociendo su eminente virtud y su extraordinario amor a la castidad, se prometió vivir siempre virgen en el matrimonio, también se cree que entrambos se habían convenido en ello antes de desposarse.

Se efectuó el matrimonio en Jerusalén. No tanto fueron, dice el célebre Gerson, dos esposos los que contrajeron, cuanto una virginidad que se enlazó con otra: Virginitas nupsit. Jamás vio el cielo esponsales tan santos, ni más dignos de ser honrados con la asistencia de toda la corte celestial; y es probable que lo fueron de la de todos los espíritus bienaventurados. Muchas iglesias celebran fiesta particular a los Desposorios de María con José el 22 de enero, que se cree haber sido el día de esta augusta ceremonia (En España se celebra el 26 de noviembre). Jamás se vio casamiento más digno ni más feliz, porque jamás hubo casamiento tan santo; si María recibió un custodio y un protector de su virginidad, José, dice san Juan Damasceno, recibió con ser esposo de María la más augusta cualidad que se puede imaginar sobre la tierra: Virum Mariæ; nihil præterea dici potest. Santo Tomás es de parecer que a poco tiempo de haberse celebrado este dichoso matrimonio, san José y la santísima Virgen hicieron de mutuo consentimiento voto de virginidad, o le renovaron. Este acto de religión, dice el santo Doctor, es demasiado perfecto, para que dos personas tan santas se descuidasen de hacerle; y sus inclinaciones sobre este particular estaban demasiado conformes para no convenir en la práctica de una tan admirable virtud, estando animados entrambos de un mismo Espíritu Santo, que es el que tiene un cuidado particular de las almas castas.


El voto de perpetua castidad había sido hasta entonces inaudito, porque había sido desconocido; pues aunque había habido santos personajes en el Antiguo Testamento que había vivido celibatos, como Elías, Eliseo, Daniel y los tres jóvenes que fueron conservados milagrosamente en el horno encendido de Babilonia, no nos consta se hubiesen obligado por voto a vivir en un estado tan perfecto. María, dice san Ambrosio, es la primera que ha dado ejemplo de esta virtud, y la que por el voto que hizo de perpetua virginidad levantó sobre la tierra el estandarte, digámoslo así, de la virginidad; y la que por su ejemplo ha atraído tras sí aquella infinidad de vírgenes que siguen al Esposo celestial, y componen su brillante corte, según las palabras ya citadas de real Profeta: Adducentur regi virgines post eam. Esta Esposa tan querida, esta Madre tan digna, ¡oh Rey de gloria! Te traerá tras sí una infinidad de almas puras e inocentes, un sinnúmero de vírgenes que, siguiendo su ejemplo, te consagrarán su virginidad, y vendrán alegres y gozosas a consagrarse a ti en tu templo: in lætitia et exultatione adducentur in templum regis. ¿Por ventura novemos cumplida a la letra esta profecía en todas esas santas y numerosas comunidades de religiosas, de quienes debe ser el modelo, según el espíritu de su instituto? Quiso Dios que esta Virgen purísima, que había de ser Madre de su Hijo sin dejar de ser virgen, se casara, dice san Jerónimo, lo primero, para que se pudiese saber que era de la tribu de Judá y de la raza de David, porque no se podía tejer la genealogía de las mujeres entre los judíos sino por medio de las de sus maridos: Ut per generationem Joseph origo Mariæ monstraretur. Lo segundo, para que su milagroso preñado no se la imputase a delito; lo que no hubiera podido evitar si no se hubiera casado. Lo tercero, para que en su huida a Egipto, para librar al niño Jesús de la crueldad de Herodes, tuviese el socorro y alivio de su esposo, tanto en el viaje como en la detención que había de hacer en aquella tierra extranjera: Ut in ægyptum fugiens, haberet solatium. San Ignacio, mártir, añade todavía otra razón, dice el mismo san Jerónimo, para que el demonio, dice el Santo, ignorase la milagrosa concepción del Mesías, pareciéndole que no podía haber nacido de una virgen habiendo nacido de una mujer casada: Ut partus ejus celaretur diabolo, dum eum putat non de virgine sed de uxore generatum. Fácilmente se deja comprender cuál sería la vida santa y edificante de los dos santos Esposos; ¡qué paz, qué virtud, qué mutua veneración en esta augusta familia! Nazaret admiraba la eminente santidad y las pasmosas virtudes del uno y del otro; pero ignoraba el valor del tesoro que poseías; sola la celestial Jerusalén conocía todo el mérito de ambos; sola ella sabía que María era el templo vivo del Espíritu Santo y el santuario de la Divinidad, como la llaman los santos Padres. Vivió esta Señora con gran retiro todo el tiempo que estuvo en Nazaret; su ocupación ordinaria era la oración y la contemplación. Como no perdía jamás a Dios de vista, ni el trabajo de manos interrumpía su oración, ni el cuidado de su corto ajuar su íntima unión con Dios; jamás se vio modestia tan perfecta ni tan respetable; con solo dejarse ver, infundía un respeto y una veneración sin igual. Rara vez se la veía en público, dice san Ambrosio; el retiro tenía para ella atractivos maravillosos. Conversaba poco con los hombres, porque toda su conversación era en los cielos; la caridad reglaba todas sus visitas, y todos experimentaban los efectos de su misericordia: Eos solos solita cætus virorum invisere, quos misericordia non erubesceret.

viernes, 2 de mayo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: XIV. El primer milagro que hace Jesucristo en público.

XIV.  El primer milagro que hace Jesucristo en público.



Hasta aquí no había hecho el Hijo de Dios cosa que por lo estupendo diese golpe a los hombres: los cinco discípulos que se le habían juntado, habían sido atraídos solamente por los lazos secretos de la gracia, por la virtud todopoderosa de su palabra, y por la unción de sus conversaciones; pero habiendo llegado a Nazaret, fue convidado con su Madre y sus discípulos a una boda que se celebraba en Caná, pequeño pueblo de Galilea poco distante de Cafarnaúm. Jesucristo nunca hacía nada que no fuese con algún fin y por algún motivo sobrenatural; todo era perfecto en este Señor, aun en sus acciones las más comunes: convidado a la boda, se dignó asistir a ella. A mitad de la comida, habiendo faltado el vino, la santísima Virgen, que estaba puesta a la mesa junto a Él, advirtiendo la turbación en que se hallaban aquellos a cuyo cargo estaba la función, y queriendo ahorrarles a los que les habían convidado la confusión que les iba a causar esta falta, dio a conocer sencillamente al Salvador el deseo que tenía de que se sirviese en esta ocasión de su omnipotencia para remediar milagrosamente una tan urgente necesidad; le respondió Jesús: Mujer, ¿qué te va a ti ni a mí en esto? (Joan. II). (La palabra mujer, de que se sirve Jesucristo en esta ocasión, no es un término de arrogancia, y mucho menos de menosprecio: la voz mujer era entre los hebreos un término político y de respeto, como lo es entre los franceses el de madama, y entre los españoles el de señora). Todavía no ha llegado mi hora; quiere decir, que sin que la Virgen se lo hubiera rogado, no hubiera empezado tan pronto a manifestarse al mundo con milagros públicos. No tenía necesidad la santísima Virgen de una respuesta más positiva; sabía demasiado bien que su Hijo no era capaz de negarle nada, y que bastaba mostrarle su inclinación para ser oída al mismo instante; así se vio que llamó luego a los criados, y les dijo que hicieran puntualmente cuanto Jesús les dijese. Había en la casa seis tinajas de piedra; es decir, de aquella especie de alabastro que con facilidad se deja trabajar del cincel, y aun se puede tornear: estas tinajas estaban muy en uso entre los judíos; se servían de ellas para lavar los vasos en que bebían, y los cuchillos y otras cosas de que se servían a la mesa; como también por si alguno quería lavarse las manos y la cara, que es lo que llamaban los judíos purificación; cabía en cada una de estas tinajas sesenta u ochenta azumbres de agua, que es lo que hacen las dos o tres metretas que dice el Evangelio. Dijo Jesús a los que le servían que llenaran de agua las tinajas; y al instante aquella agua se convirtió en un excelente vino. Este fue el primer milagro estupendo que hizo en público el Salvador, cuya vida fue después un continuo tejido de prodigios. Todo es lección, todo es misterio en la vida de Jesucristo; a ruegos de la santísima Virgen hace el Salvador su primer milagro; la transustanciación del agua en vino, por medio de este primer milagro, es figura de la que había de hacer el Señor al fin de su vida; la que debía renovarse continuamente hasta el fin de los siglos en la adorable Eucaristía por la transustanciación del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre. La fama de este prodigio se extendió bien pronto por toda la comarca.

No tardaron mucho en oírse en Cafarnaúm, que no distaba sino dos o tres leguas de Caná, las alabanzas que le daban al nuevo Profeta. Era Cafarnaúm una ciudad de mucho tráfico junto al mar de Tiberíades, en la parte donde recibe las aguas del Jordán. En esta ciudad hizo Jesucristo su principal mansión; y con este motivo vino a ser bien presto este pueblo el teatro de su predicación y de sus prodigios. Sin embargo, como la fiesta de Pascua estaba cerca, marchó a Jerusalén, y se fue en derechura al templo; encontró en el atrio o pórtico de Salomón una especie de feria, en que se vendían animales para los sacrificios; se veían también allí cambiantes sentados al mostrador que prestaban dinero a grandes intereses, o bajo de caución, a los que les faltaba para comprar las cosas necesarias durante la feria. Indignado el Salvador de aquella profanación que los sacerdotes habían dejado introducir, y de que sacaban su lucro, y animado del más vivo celo de la gloria de su Padre, habiendo hecho como un azote de cordeles delgados, echó del templo todos los animales, arrojó a tierra el dinero de los cambiantes y sus mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí, y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de negociación. ¿Qué hubiera hecho el Salvador, dice el venerable Beda, si hubiera visto que había contiendas y riñas en el templo; que muchos se abandonaban en él a risotadas disolutas, que se hablaba de bagatelas? ¿Qué hubiera hecho con los tales el que echó del templo a los que en él compraban lo necesario para ofrecer sus sacrificios? ¿Y qué hubiera hecho si hubiera visto las irreverencias y profanaciones que vemos en el día de hoy?

La sumisión con que recibieron todos esta corrección de una persona que parecía no tener ningún derecho para hacer un acto tan expreso de autoridad, y que todavía no se había manifestado con milagros, ha parecido a los santos Padres un milagro particular; lo cierto es que aquel hombre, tan poco conocido hasta entonces, vino a ser desde aquel punto la admiración de toda la Judea.


Todo el tiempo que Jesucristo se detuvo en Jerusalén fue una continua serie de prodigios. Las enfermedades más incurables desaparecían delante de Él; los demonios no podían sufrir su presencia; no había energúmeno que no quedase libre a la menor insinuación de su voluntad; las olas se endurecían debajo de sus pies; el mar, los vientos, las tempestades, todo obedecía a su voz; los cielos, la tierra, los infiernos, todo cedía, todo estaba sujeto a sus órdenes; al menor de sus preceptos toda la naturaleza olvidaba su armonía, sus reglas y sus leyes; mandaba a todas las criaturas, no como oficial subalterno, ni tampoco como ministro del Altísimo, sino como dueño absoluto, y con un pleno y supremo poder; en todo obraba como Dios-Hombre. Si resucitaba los muertos y curaba todas las enfermedades, era en su propio nombre; cuando hacía milagros, no suplicaba, sino mandaba; todos los milagros que obraba tenían un carácter de autoridad soberana que le era personal; este poder supremo no le era extraño, ni le venía de afuera; hablaba el lenguaje de los hombres; pero obraba como Dios. Un Elías, un Eliseo y otros muchos grandes profetas habían hecho milagros; pero haciéndolos, habían hecho ver que solo eran ministros de la autoridad suprema. Solo Jesucristo obra con autoridad propia en cuantos prodigios hace. Levantaos, dice a los muertos: yo os lo mando, sanad, dice a los que iban a espirar: yo soy quien os lo dice; y cuando hasta los mismos Ángeles se contentan con decir al demonio: el Señor ejerza su imperio sobre ti: Jesucristo, que los echaba de los cuerpos en su propio nombre, habla de una manera mucho más terminante y precisa: Sal de ese cuerpo, dice, espíritu maligno, yo te lo mando. Hasta los menores de sus discípulos se hacen obedecer de estos espíritus soberbios desde el punto que les mandan en nombre de Jesucristo.

jueves, 1 de mayo de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: LA EUCARISTÍA, NECESIDAD DE NUESTRO CORAZÓN

LA EUCARISTÍA, NECESIDAD DE NUESTRO CORAZÓN


Fecisti nos ad Te, Deus!
¡Oh Dios mío, para ti has hecho nuestro corazón!

¿Por qué está Jesucristo en la Eucaristía? Muchas son las respuestas que pudieran darse a esta pregunta; pero la que las resume todas es la siguiente: porque nos ama y desea que le amemos. El amor, este es el motivo determinante de la institución de la Eucaristía.
Sin la Eucaristía el amor de Jesucristo no sería más que un amor de muerto, un amor pasado, que bien pronto olvidaríamos, olvido que por lo demás sería en nosotros casi excusable.
El amor tiene sus leyes y sus exigencias. La sagrada Eucaristía las satisface todas plenamente. Jesucristo tiene perfecto derecho de ser amado, por cuanto en este misterio nos revela su amor infinito.
Ahora bien, el amor natural, tal como Dios lo ha puesto en el fondo de nuestro corazón, pide tres cosas: la presencia o sociedad de vida, comunidad de bienes y unión consumada.

I
El dolor de la amistad, su tormento, es la ausencia. El alejamiento debilita los vínculos de la amistad, y por muy arraigada que esté, llega a extinguirla si se prolonga demasiado.
Si nuestro señor Jesucristo estuviese ausente o alejado de nosotros, pronto experimentaría nuestro amor los efectos disolventes de la ausencia.
Está en la naturaleza del hombre, y es propio del amor el necesitar para vivir la presencia del objeto amado.
Mirad el espectáculo que ofrecen los pobres apóstoles durante aquellos tres días que permaneció Jesús en el sepulcro.
Los discípulos de Emaús lo confiesan, casi han perdido la fe: claro, ¡cómo no estaba con ellos su buen maestro!
¡Ah! Si Jesús no nos hubiera dejado otra cosa por ofrenda de su amor que Belén y el calvario, ¡pobre Salvador, cuán presto le hubiéramos olvidado! ¡Qué indiferencia reinaría en el mundo!
El amor quiere ver, oír, conversar y tocar.
Nada hay que pueda reemplazar a la persona amada; no valen recuerdos, obsequios ni retratos... nada: todo eso no tiene vida.
¡Bien lo sabía Jesucristo! Nada hubiera podido reemplazar a su divina persona: nos hace falta Él mismo.
¿No hubiera bastado su palabra? No, ya no vibra; no llegan a nosotros los acentos tan conmovedores de la voz del Salvador.
¿Y su evangelio? Es un testamento.
¿Y los santos sacramentos no nos dan la vida? Sí, mas necesitamos al mismo autor de la vida para nutrirla.
¿Y la cruz? ¡La cruz... sin Jesús contrista el alma!
Pero ¿la esperanza...? Sin Jesús es una agonía prolongada. Los protestantes tienen todo eso y, sin embargo, ¡qué frío es el protestantismo!, ¡qué helado está!
¿Cómo hubiera podido Jesús, que nos ama tanto, abandonarnos a nuestra triste suerte de tener que luchar y combatir toda la vida sin su presencia?
¡Oh, seríamos en extremo desventurados si Jesús no se hallara entre nosotros! ¡Míseros desterrados, solos y sin auxilio, privados de los bienes de este mundo y de los consuelos de los mundanos, que gozan hasta saciarse de todos los placeres..., una vida así sería insoportable!
¡En cambio, con la Eucaristía, con Jesús vivo entre nosotros y, con frecuencia, bajo el mismo techo, siempre a nuestro lado, tanto de noche como de día, accesible a todos, esperándonos dentro de su casa siempre con la puerta abierta, admitiendo y aun llamando con predilección a los humildes! ¡Ah, con la Eucaristía, la vida es llevadera! Jesús es cual padre cariñoso que vive en medio de sus hijos. De esta suerte, formamos sociedad de vida con Jesús.
¡Cómo nos engrandece y eleva esta sociedad! ¡Qué facilidad en sus relaciones, en el recurso al cielo y al mismo Jesucristo en persona!
Esta es verdaderamente la dulce compañía de la amistad sencilla, amable, familiar e íntima. ¡Así tenía que ser!

II
El amor requiere comunidad de bienes, la posesión común; propende a compartir mutuamente así las desgracias como la dicha. Es de esencia del amor y como su instinto el dar, y darlo todo con alegría y regocijo.
¡Con qué prodigalidad nos comunica Jesús sus merecimientos, sus gracias y hasta su misma gloria en el santísimo Sacramento! ¡Tiene ansia por dar! ¿Ha rehusado dar alguna vez? ¡Jesús se da a sí mismo y se da a todos y siempre! Ha llenado el mundo de hostias consagradas.
Quiere que lo posean todos sus hijos. De los cinco panes multiplicados en el desierto sobraron doce canastos. Ahora la multiplicación es más prodigiosa, porque es preciso que participen todos de este pan.
Jesús sacramentado quisiera envolver toda la tierra en una nube sacramental; quisiera que las aguas vivas de esta nube fecundasen todos los pueblos, yendo a perderse en el océano de la eternidad después de haber apagado la sed de los elegidos y haberlos confortado.
Cuán verdadera y enteramente nuestro es, por tanto, Jesús sacramentado.

III
La tendencia del amor, su fin, es unir entre sí a los que se aman, es fundir a dos en uno, de modo que sean un solo corazón, un solo espíritu, una sola alma.
Oíd a la madre expresar esta idea, cuando abrazando al hijo de sus entrañas, le dice: “Me lo comería”.
Jesús se somete también a esta ley del amor por Él establecida. Tras haber convivido con nosotros y compartido nuestro estado, se nos da a sí mismo en Comunión y nos funde en su divino ser.
Unión divina de las almas, la cual es cada vez más perfecta y más íntima, según la mayor o menor intensidad de nuestros deseos: In me manet et ego in illo. Nosotros permanecemos en Él y Él permanece en nosotros. Ahora somos una sola cosa con Jesús, y después esta unión inefable, comenzada aquí en la tierra por la gracia, y perfeccionada por la Eucaristía, se consumará en el cielo, trocándose en eternamente gloriosa.
El amor nos hace vivir con Jesús, presente en el santísimo Sacramento; nos hace partícipes de todos los bienes de Jesús; nos une con Jesús.

Todas las exigencias de nuestro corazón quedan satisfechas; ya no puede tener otra cosa que desear.