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domingo, 30 de marzo de 2014

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA: Milagro de la Multiplicación de los panes y peces.

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA

Dominica Laetare


Isa., 66, 10 y 11; Salmo 121, 1
Epístola del Apóstol San Pablo a los Gálatas 4, 22-31
San Juan 6, 1-15

El cuarto domingo de Cuaresma ha tenido siempre en la Iglesia una solemnidad mayor que los tres antecedentes: era uno de los cinco domingos del año que llamaban principales, porque tenían oficio fijo, el que nunca cedían al de ninguna otra fiesta. La razón de esta particular solemnidad es porque en este día hace la Iglesia la fiesta del milagro de la multiplicación de los cinco panes, que ha sido siempre mirado como uno de los efectos más insignes del poder de Jesucristo, como se vio en que el pueblo después de este prodigio pensó en hacerle rey, y ponerle sobre el trono. Antes que se hubiese fijado a este domingo la fiesta de este milagro, la juntaban con la del primer milagro de Jesucristo, y se celebraba su memoria el mismo día de la Epifanía, porque se creía, sobre una antigua tradición, que la multiplicación milagrosa de los cinco panes en el desierto había sucedido en aquel mismo día.

Además del nombre de domingo de los cinco panes, se le da también en algunas partes el nombre del domingo Laetare, de la primera palabra del introito de la misa: Laetare Jerusalem, et conventum facite omnes qui diligitis eam: Alégrate, Jerusalén, y congregaos todos los que la amáis para juntar vuestra alegría con la suya; saltad de gozo los que habéis estado de asiento en la tristeza y en dolor, y seréis colmados de delicias, y os saciaréis de los consuelos que manan y brotan de su seno. Estas expresiones de alegría se han tomado del capítulo LXVI de Isaías, donde el Profeta, después de haber predicho de un modo claro y preciso la conversión de los gentiles a la fe de Jesucristo, bajo la figura de los judíos, libres, en fin, de la cautividad, y de vuelta a su país, convida a todo el pueblo escogido a hacer demostraciones de alegría por la dichosa vuelta de la conversión de los gentiles para no hacer sino una Iglesia. Quis audivit unquam tale? ¿Quién oyó jamás cosa igual? dice el Profeta, Et quis vidit huic simile? ¿Quién jamás vio cosa semejante? ¿Quién hubiera pensado jamás, añade, que Sion hubiera podido parir en tan poco tiempo un pueblo tan numeroso? En efecto, ¿qué cosa más admirable y más pasmosa que la prodigiosa conversión de los gentiles a la fe de Jesucristo? ¿Quién hubiera jamás creído que doce pobres pescadores, gente grosera, sin letras, sin fuerzas, sin opinión, habían de emprender reformar toda la tierra, y persuadir a unos hombres nacidos en la disolución, criados en la licencia de las costumbres, abandonados al libertinaje de los sentidos, que creyeran los misterios más impenetrables al espíritu humano, y más inaccesibles a las luces de la razón, y que se sometieran al yugo de una moral la más austera? Parece increíble que hayan emprendido todo esto; pero más increíble parece que lo hayan conseguido. Sin embargo, así ha sido. ¡Qué maravilla el que una religión como ésta en menos de un siglo se haya derramado y extendido por casi todas las partes del mundo; y que a pesar de las continuas oposiciones de la carne y del espíritu, y que sin embargo de las más horribles persecuciones, esta religión persevere sin la menor alteración en su moral y en su fe, no solo después de dieciocho siglos, sino hasta el fin de los siglos! Esto es lo que anunciaba el Profeta a la hija de Sion, y lo que le hacía decir, que se alegraran todos los que amaban a Jerusalén, y que enjugaran sus lágrimas, porque vendría un tiempo en que esta ciudad se vería llena de gloria, y en que toda la tierra participaría de las delicias que corrieran de su seno. Parece que la Iglesia en lo demás del oficio ha querido elegir de la Escritura los pasajes que hay más propios para ejercitar en sus hijos un gozo todo espiritual: Laetatus sum in his, quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus. Me he llenado de gozo cuando me han dicho que iremos a la casa del Señor: por estas palabras empieza el salmo CXXI, que contiene los sentimientos de alegría del pueblo judaico, cuando se vio en vísperas de salir de la cautividad de Babilonia; enseñándonos el Espíritu Santo con estas figuras cuáles deben ser nuestros sentimientos por el cielo, nuestra verdadera patria; y disponiéndonos la Iglesia por estos sentimientos de gozo para la tristeza que debe producir en nosotros la pasión del Salvador, que se empieza a celebrar el domingo siguiente, y para la alegría de la resurrección, figurada en el fin de la cautividad de Babilonia, como también en la salida de Egipto. Con el mismo fin de inspirar en este día estos sentimientos de alegría a sus hijos, esparce la Iglesia el día de hoy flores sobre sus altares, y se sirve del órgano para la celebridad de la fiesta; lo cual es una especie de alivio, dicen los autores más críticos, que la Iglesia parece procurar a los que han pasado felizmente la mitad de la carrera de los ayunos de Cuaresma. Asimismo se ha elegido algunas veces en Roma este domingo para hacer la ceremonia de la coronación de los emperadores cristianos. El papa Inocencio IV en su sermón sobre este cuarto domingo dice que el oficio de este día está todo lleno de sentimientos de alegría; los cardenales dejan en él el color morado; pero la más vistosa de las señales y ceremonias que nos quedan de la fiesta de este cuarto domingo es la de la rosa de oro, que se hace en Roma este día, y que le ha dado también el nombre del domingo de la Rosa. Esta ceremonia consiste en la bendición solemne que hace el papa de una rosa de oro en la iglesia de Santa Cruz de Jerusalén; después de la misa, el Papa, acompañado de los cardenales en hábitos morados, vuelve procesionalmente llevando la rosa de oro, la que envía después a algún príncipe.

La Epístola de la misa de este día contiene las instrucciones que de san Pablo a los fieles de Galacia, donde contrapone la libertad de la ley nueva a la servidumbre de la antigua bajo la figura de los hijos de Abraham; Ismael, nacido de Agar, e Isaac, nacido de Sara: el primero, que era hijo de la esclava, nació según la carne, sin que Dios lo hubiese prometido; el otro, que era hijo de la mujer libre, nació en virtud de la promesa de Dios. Todo esto, dice el Apóstol, no es otra cosa que una alegoría que bajo estas dos mujeres nos presenta las dos alianzas, de las cuales la una es la de los esclavos, y la otra de las personas libres. A la mujer libre, nuestra madre, figura de la Iglesia, es a quien se dijo por el profeta Isaías: Alégrate, estéril que no pares, prorrumpe en gritos de alegría tú que has estado tanto tiempo sin el consuelo de ser madre; porque la que estaba abandonada y repudiada, tiene más hijos que la que tiene marido. En cuanto a nosotros, hermanos míos, continúa el Apóstol, debemos estar ciertos que somos los hijos de la promesa, como Isaac; luego no somos los hijos de la esclava, esto es, de la Sinagoga, sino de la mujer libre; esto es, de la Iglesia, que es la Esposa de Jesucristo, cuya libertad nos adquirió este Salvador con su muerte.

Ismael nada tiene que lo distinga. A la verdad es hijo de Abraham, nacido según el orden natural y de una mujer esclava, la cual fue con el tiempo echada de casa con su hijo, que fue después padre de doce hijos, de los cuales descienden los ismaelitas, los árabes, los sarracenos y los otros pueblos que no tuvieron parte en las promesas; pero Isaac había sido prometido a Abraham, y Dios le había dicho que sería su verdadero heredero, en favor del cual se ejecutarían las promesas que le había hecho. Se ve con bastante claridad por todo esto, que en la historia de estos dos hijos hay una alegoría misteriosa y un sentido místico y figurado; los mismos judíos han reconocido, no solo en Ismael y en Isaac, sino también en Agar y en Sara, la figura de los dos testamentos o alianzas: Agar esclava no puede ser madre del heredero, ni pudo parir sino esclavos; también es figura de la Sinagoga, cuyos hijos, es a saber, los judíos, estuvieron sujetos ser vilmente a la ley y a todas las ceremonias legales; y así esta ley fue dad y como aparecida entre fuegos, truenos y relámpagos, símbolos naturales del temor. El Apóstol continúa la alegoría hasta el fin, siempre con el designio de persuadir a los gálatas que la nueva alianza, esto es, la Iglesia de Jesucristo representada por Sara, madre de Isaac, no tiene sino hijos libres de la servidumbre de la ley, a la cual la Sinagoga, representada por Agar, madre de Ismael, había sujetado sus hijos hasta la venida del Mesías. Sina, continúa el Apóstol, es un monte en la Arabia, cercano a la Jerusalén de ahora, la cual es esclava con sus hijos. Todos saben que el monte Sina o Sinaí está en la Arabia Pétrea. Este monte, como también Agar, madre de los árabes o ismaelitas, es figura de los judíos carnales, sujetos servilmente a la ley. La relación y semejanza entre la Jerusalén terrestre y Agar consiste en que Agar era una esclava, y los judíos, representados por Jerusalén, lo son también, siendo éstos tan esclavos en sus observancias de la ley y en su culto, como Agar e Ismael lo eran respecto de Abraham; pero la Jerusalén de arriba, la cual es nuestra madre, es libre. El Apóstol entiende por estas dos Jerusalenes, una en la que vivían los judíos de su tiempo, ciudad material, terrestre, perecedera, representada por la esclava Agar; y la otra representada por Sara, la Iglesia de Jesucristo, su Esposa, a quien los Profetas llaman la nueva Jerusalén, y le dan los epítetos de libre, celestial, siempre resplandeciente, siempre adornada como la Esposa del Cordero, y eterna. Esta Jerusalén venida de lo alto es la Esposa de Jesucristo, y madre de todos los fieles. La Iglesia no tiene sino hijos libres, herederos de las promesas hechas por Dios a Abraham en favor de su hijo Isaac. En solo este hijo de Abraham, figura de Jesucristo, que es su hijo según la carne, debían ser benditas todas las naciones. Agar, figura de la Sinagoga, no tuvo sino hijos esclavos. Tales son los judíos servilmente sujetos a las observancias de la ley; se puede decir que sus fines, su culto, su religión misma, todo era material, todo natural, todo servil; solo los hijos de la Iglesia son verdaderamente libres; el privilegio de un culto espiritual y sobrenatural, la adoración en espíritu y en verdad eran propios de la nueva alianza; y si se han encontrado en los Santos y justos del Antiguo Testamento, ha sido porque pertenecían por la fe en Jesucristo y por la gracia el Testamento Nuevo. Se puede decir que solo en la religión cristiana es adorado Dios en espíritu y en verdad, y servido por amor, donde el temor que reina es un temor filial. Entre los verdaderos hijos de la Iglesia no se conoce otra verdadera servidumbre que la del pecado.

Está escrito, continúa el Apóstol, alégrate, estéril que no pares. Estas palabras las tomó san Pablo del profeta Isaías, de aquel Profeta a quien fueron revelados todos los misterios del Mesías y de la redención, y que tenía presente el retrato de la Iglesia, la felicidad de su dichosa fecundidad, cuya posteridad ha sido más numerosa: está más extendida, es cien veces más permanente que la de la Sinagoga, su primogénita, que se gloriaba de lo numeroso de sus hijos, y que a los principios parecía echar en cara a la Iglesia su oscuridad y esterilidad: Quia multi filii desertae, magis quam ejus quae habet virum. Por lo que toca a nosotros, hermanos míos, somos los hijos de la promesa, figurados por Isaac; no seáis tan cobardes, tan insensatos, que renunciéis esta gloriosa prerrogativa, y os hagáis voluntariamente hijos de Ismael, metiéndoos otra vez en la esclavitud de que Jesucristo os libró, sujetándoos por un error imperdonable a las ceremonias de la ley.

Pero así como el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el espíritu, lo mismo sucede ahora. Así como Ismael perseguía al joven Isaac, así también hoy los judíos carnales e incrédulos persiguen a los Cristianos. Habiendo sido tratado tan mal el Salvador, no se debía esperar que los discípulos tuviesen un tratamiento más favorable: Si me persecuti sunt, et vos persequentur. Pero ¿qué dice la Escritura? Añade san Pablo. Echa de casa a la esclava y a su hijo, pues no debe tener parte este en la herencia. Según el sentido literal y alegórico, el Apóstol da a entender bastantemente a los gálatas, que deben echar de sí a los verdaderos Ismaeles que los persiguen, y a los falsos apóstoles que los pervierten. Según el sentido moral debemos echar de nosotros todo lo que es contrario a nuestra salvación, como son las ocasiones próximas de pecado, y todo lo que puede sernos motivo de caída, sin que en esto haya la menor reserva. Debemos asimismo negarnos a las sugestiones del amor propio, y domar nuestras pasiones.

sábado, 29 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA: XI. La presentación de la Virgen María.

XI.   La presentación de la Virgen María.


Entre los judíos había dos géneros de presentación en el templo: la primera era de obligación, pues era mandada por la ley, y era la que hacían las mujeres en determinados días después de sus partos; es a saber, a los ochenta días por las niñas, y a los cuarenta por los varones. La otra presentación se hacía por los que habían votado consagrar sus hijos al servicio de Dios en el templo, como la que hizo Ana, madre de Samuel, y santa Ana, madre de la santísima Virgen. Había para esto alrededor del templo de Jerusalén habitaciones destinadas, unas para los hombres, otras para las mujeres, algunas para los niños, y otras para las niñas, que debían cumplir la promesa que habían hecho ellos o ellas, o sus padres por ellos. Había maestros hábiles, y maestros de una virtud conocida para educar en la piedad a los niños y niñas respectivamente; y el empleo de éstos y de éstas era servir en los ministerios sagrados, cada cual según su edad, su estado, su sexo y su capacidad. Instruidos san Joaquín y santa Ana en aquello del Sabio: Si has hecho voto a Dios, no dilates su cumplimiento, desde que vieron que su santa hija tenía más prudencia y más virtud a los tres años que los otros niños a los quince, resolvieron cumplir su voto, cuyo cumplimiento solicitaba su santa hija con un ardor extraordinario.

Esta piadosa ceremonia se hacía siempre con solemnidad; los padres, acompañados de toda la parentela, llevaban sus hijos al templo: habiendo el padre y la madre presentado el niño al sacerdote al pie del altar, le decían el voto que habían hecho de consagrar su hijo al templo; y después de ciertas oraciones el sacerdote le admitía solemnemente en el número de los ministros o sirvientes de la casa de Dios, hasta un tiempo determinado; y esto es lo que se llamaba prestar un niño al Señor, según el lenguaje de la Escritura: Idcirco et ego commodavi eum Domino; por eso le he prestado al Señor, decía Ana, madre de Samuel, cuando fue a presentarle en el templo.

Isidoro de Tesalónica dice que la ceremonia de la presentación de la santísima Virgen en el templo de Jerusalén se hizo con un aparato extraordinario: que no solo quiso acompañarla toda la parentela, sino que por una inspiración secreta de la Divina Providencia, cuyo misterio se ignoraba, todas las personas de distinción de Jerusalén quisieron asistir a esta augusta ceremonia, mientras que los Ángeles acompañaban y celebraban con sus dulces cánticos esta fiesta. No se sabe quién fue el sacerdote que recibió a esta incomparable virgen. San German, patriarca de Constantinopla, y Jorge de Nicomedia tienen por verosímil que fue san Zacarías, padre de san Juan Bautista. Esta presentación fue, sin duda, acompañada de algún sacrificio, como lo fue la de Samuel; pero el que hizo entonces a Dios esta bienaventurada niña de todo cuanto era y tenía, fue de un valor y de un mérito mucho mayor delante de Dios, que todas las víctimas inmoladas.

Las otras niñas que se presentaban en la menor edad para ser consagradas al servicio del templo, como la mayor parte de ellas no tenían todavía el uso de la razón, no sabían lo que se hacía de ellas en esta ceremonia, y su voto no tenía mérito sino por respecto a la consagración interior y espiritual que hacían de ellas sus padres; pero María, en quien por un privilegio especial se había adelantado el uso de la razón y de la libertad desde el primer instante de su vida, instruida perfectamente por el Espíritu Santo, conocía toda la santidad de esta augusta ceremonia, y la acompañaba de todos los sentimientos de religión y de las demás virtudes; lo que hacía que su sacrificio fuese más meritorio y más agradable a los ojos de Dios que cuantos se habían ofrecido hasta entonces en el mundo. Omnis gloria ejus filiæ Regis ab intus, dice de la santísima Virgen el Profeta. Por más que las brillantes cualidades exteriores de esta hija del Rey de los cielos, que había de ser a un mismo tiempo Esposa y Madre suya, fuesen la admiración y el embeleso de todos, sin embargo, era infinitamente más hermosa interior que exteriormente por sus eminentes virtudes. Por esto la Iglesia, gobernada en todo y por todo por el Espíritu Santo, ha querido honrar esta santa presentación con una fiesta particular que se celebra el 21 de noviembre. ¿Por ventura había visto Dios jamás víctima que le fuese más agradable? ¡Qué de espíritus celestiales asistirían a este acto de religión tan glorioso para Dios, a esta augusta ceremonia, que era la admiración de toda la celestial Jerusalén! Todo el cielo estuvo de fiesta en este dichoso día: ¿cómo podía, pues, la Iglesia dejar de celebrar el mismo día la memoria y la fiesta de la presentación de su Reina y abogada? Esto es lo que movió a tantos santos Padres, a san Evodio de Antioquía, a san Epifanio de Salamina, a san Gregorio de Nisa, a san Gregorio el Teólogo, a san Andrés de Creta, a san German de Constantinopla, a san Juan Damasceno, y a tantos Padres latinos a mirar la presentación de la santísima Virgen en el templo de Jerusalén como el primer acto de religión más agradable a Dios, y la fiesta de este día como el preludio y el ensayo, por decirlo así, de todas las fiestas.


Habiendo sido admitida la santísima Virgen en el número de las niñas consagradas solemnemente al Señor, aunque era la más joven de todas, bien pronto sobrepujó en cordura, en virtud y en mérito, tanto interior como exteriormente, a todas las otras. Las bellas prendas de que estaba dotada la ganaron muy desde los principios el corazón y la estimación de las devotas matronas, destinadas a educarla. Jamás se vio educación más bella, más feliz, y que costase menos. El tesoro de gracias, de virtudes, de merecimientos con que el Espíritu Santo la había enriquecido desde su Inmaculada Concepción, y que ella aumentaba todos los instantes por su fiel correspondencia, se desplegaba todos los días a los ojos de cuantos la veían; y si decimos que desde entonces era ya mirada como la maravilla de su sexo, como el prodigio de su siglo, y como un milagro de inocencia, nada tendrán de ponderación estas expresiones.

viernes, 28 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: XI. La predicación de San Juan Bautista, precursor de Jesucristo.

XI.   La predicación de San Juan Bautista, precursor de Jesucristo.


Llegado, en fin, el tiempo en que el que era la luz que alumbra a todo hombre que viene al mundo debía salir de su vida oculta y escondida, se vio comparecer su Precursor el año decimoquinto del imperio de Tiberio, el treinta de Jesucristo, el treinta y medio de san Juan; este fue el año en que este hombre extraordinario, este profeta y más que profeta, a quien la Escritura había llamado el Ángel del Señor destinado a preparar los caminos al Mesías, y a anunciar la venida de aquel de quien él no era sino el precursor y rey de armas: en este tiempo, vuelvo a decir, fue cuando Juan Bautista, que hasta entonces había vivido en el desierto, salió de la soledad, y vino a las riberas del Jordán predicando un bautismo de penitencia, que no daba la remisión de los pecados, sino solo disponía a los hombres a recibirla, por cuanto no era sino figura del bautismo que Jesucristo había de instituir más adelante. Haced penitencia, gritaba, porque el reino de los cielos está cerca: él era el primero que daba ejemplo con su vida austera, pues iba vestido de un cilicio hecho de pelo de camello que se ceñía alrededor del cuerpo con un ceñidor o correa de cuero, no teniendo otro alimento que langostas y miel silvestre.

Bien presto se vio seguido el nuevo predicador de muchas gentes: vino a él todo el país, y los pueblos, movidos a arrepentimiento de sus pecados, los confesaban, y recibían a montones su bautismo. Habiéndose extendido su fama por toda la Judea, y estando persuadido todo el Oriente que los días del Mesías habían ya llegado, la mayor parte de los que iban a oírle creyeron que aquel hombre podía ser muy bien el Mesías. Le preguntan si era el que esperaban; respondió que no lo era: que él bautizaba solamente con agua para disponer el pueblo a la penitencia, y preparar los caminos a aquel de quien no era digno ni aun de desatar las correas de los zapatos; que por lo que miraba al Mesías esperado tanto tiempo había, iba a venir bien presto; que este era quien les había de dar el bautismo del Espíritu Santo y de la más encendida caridad, en virtud del cual sus almas serían purificadas de todo pecado; y que ya tenía el cribo en la mano para purgar su era, y arrojar la paja inútil al fuego que no se apaga. Esto era hacer en pocas palabras el verdadero retrato del Salvador del mundo.

Mientras que todas las gentes venían a Juan para ser bautizadas, vino también de Nazaret Jesús a que Juan le bautizara. El Bautista, ilustrado interiormente con una luz sobrenatural, le distinguió muy bien entre la muchedumbre, aunque jamás le había visto: conoció que el que venía a él a ser bautizado era el Mesías prometido, cuya venida había él mismo anunciado ya. Penetrado entonces del más profundo respeto y de una secreta confusión, a vista de una humildad tan pasmosa, rehusó al principio bautizar al que era el cordero sin mancha. ¿Qué es esto, le dijo, Vos venís a que yo os bautice? ¿No es más justo que reciba yo de Vos el bautismo? No duró mucho esta especie de contestación. Déjame hacer por ahora este acto de humildad, le respondió el Salvador; conviene que yo parezca públicamente entre los pecadores, pues he tomado la semejanza de pecador: debo dar al público este ejemplo antes de darle lecciones de humildad con mis palabras; entrambos debemos cumplir con todos los oficios de la justicia, y practicar cuánto hay de más perfecto. Cualquier réplica hubiera sido superflua; y así Juan obedeció, y bautizó a aquel que le había santificado a él mismo en el seno de su madre Isabel.

Bien presto fue ensalzada la pasmosa humildad del Salvador divino. Apenas había salido del agua, cuando puesto en oración a la orilla del Jordán se abrió el cielo, el Espíritu Santo bajó visiblemente sobre Él en figura de paloma, y se oyó una voz que venía de lo alto, y decía: Éste es mi querido Hijo, en quien tengo todas mis complacencias. Lo que apareció no fue una verdadera paloma, sino que el Espíritu Santo quiso manifestarse y hacerse sensible bajo una figura que era símbolo de la grande inocencia de aquel que siendo la misma inocencia se había dignado y había querido confundirse con los pecadores.


Fue esta como una declaración pública de la llegada del Mesías, y un testimonio auténtico de su misión. Y así en lugar de volverse a Nazaret, el Espíritu Santo de que estaba animado le llevó a la soledad. Se retiró Jesús al desierto para ser tentado en él por el demonio, y para alcanzar del demonio una ilustre victoria; no queriendo el Hijo de Dios empezar los ejercicios de su vida pública sino después de haber vencido al enemigo que tenía a los hombres esclavos desde el pecado de Adán.

jueves, 27 de marzo de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: SACRIFICIOS DE JESÚS EN LA EUCARISTÍA.

SACRIFICIOS DE JESÚS EN LA EUCARISTÍA


Dilexit me et tradidit semetipsum pro me
“Me amó y se entregó a sí mismo a la muerte por mí” (Gal 2, 20)

¿Cuáles son los caracteres distintivos del amor? Uno solo: el sacrificio. El amor se conoce por los sacrificios que inspira o que acepta gustoso.
Un amor sin sacrificios es una palabra sin sentido, un egoísmo disfrazado.
¿Queremos conocer la grandeza del amor de Jesús para con los hombres en el misterio de la Eucaristía? Pues veamos los sacrificios que ha tenido que imponerse para realizarlo. Son los mismos que aceptó el hombre-Dios al tiempo de su pasión. Ahora como entonces, Jesucristo inmola su vida civil, su vida natural y su vida divina.

I
Durante la pasión, a la que le impulsaba su inmenso amor hacia nosotros, Jesucristo fue excluido de la ley; su pueblo reniega de Él y le calumnia, mas Él no pronuncia una sola palabra para defenderse; se pone a merced de sus enemigos y nadie le protege, mas Él no alega los derechos del último de los acusados. Todos sus derechos de ciudadano y de hombre honrado los inmola por la salvación y el amor de su pueblo.
En la Eucaristía Jesús acepta y continúa los mismos sacrificios. Inmola su vida civil, por cuanto está sin derecho alguno; la ley ni siquiera le reconoce su personalidad; al que es Dios y hombre a la vez, al Salvador de los hombres, apenas si las naciones por Él redimidas le consagran una sola palabra en sus códigos. Vive en medio de nosotros y es desconocido. “Medias autem vestrum stetit quem vos nescitis”.
Tampoco se le conceden honores públicos. En muchos países hasta se ha suprimido la fiesta del Corpus. Jesucristo no puede salir, no puede mostrarse en público. ¡Tiene que esconderse, porque el hombre se avergüenza de Él! Non novi hominem!, ¡no le conozco! ¿Y sabéis quiénes son los que se avergüenzan de Jesucristo? ¿Serán acaso los judíos, o tal vez los mahometanos? No, ¡son cristianos!
La sagrada Eucaristía se encuentra sin defensa ni protección humanas. Mientras no perturbéis e impidáis el ejercicio público del culto, ya podéis injuriar a Jesús y cometer los sacrilegios que queráis: son cosas en que nada tienen que ver las autoridades.
Por tanto, Jesús sacramentado queda sin defensa por parte de los hombres.
Pero ¿no vendrá el cielo en su defensa? Tampoco. Lo mismo que en el palacio de Pilatos y en casa de Caifás, Jesús es entregado por su Padre a la voluntad de los pecadores. Jesum vero tradidit voluntati eorum.
¿Es posible que Jesucristo supiese todo esto al instituir la Eucaristía y que con todo escogiese libremente ese estado? Sí; lo hizo así para servirnos de modelo en todo y ser nuestro consolador en las persecuciones y penalidades de la vida.
Así ha de permanecer hasta el fin del mundo, dándonos ejemplo y auxiliando con su gracia a cada uno de sus hijos. ¡Tanto nos ama!

II
Al sacrificio de sus derechos añade Jesús en su pasión la inmolación de todo aquello que constituye al hombre: inmola su voluntad, la bienaventuranza de su alma, que permitió fuese presa de tristeza sin igual, de su vida entera acabada en la cruz.
Y cual si fuese poco haberse inmolado así una vez, en la sagrada Eucaristía continúa renovando místicamente esta muerte natural.
Para inmolar la propia voluntad, obedece a su criatura el que es Dios; al súbdito el que es rey, al esclavo su libertador. Obedece a los sacerdotes, a los fieles, a los justos y a los pecadores, sin resistencia ni violencia ninguna, aun a sus mismos enemigos y a todos con la misma prontitud. No solamente en la misa, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, sino también en todos los momentos del día y de la noche, según las necesidades de los fieles. Su estado permanente es pura y simplemente un estado de obediencia. ¿Es ello posible? ¡Oh, si comprendiera el hombre el amor de la Eucaristía!
Durante su pasión Jesús estuvo atado, perdió su libertad: en la Eucaristía se ata a sí mismo; a manera de férreas cadenas, le han sujetado sus promesas absoluta y perpetuamente, y le han unido inseparablemente a las sagradas especies las palabras de la consagración. Se halla en el santísimo Sacramento sin movimiento propio, sin acción, como en la cruz y como en el sepulcro, aunque posea la plenitud de la vida resucita.
Jesús está, en absoluto, bajo la dependencia del hombre, como prisionero de amor; no puede romper sus ligaduras ni abandonar su prisión eucarística. Se ha constituido prisionero nuestro hasta el fin de los siglos. ¡A tanto se ha obligado y a tanto se extiende el contrato de su amor!
En cuanto a la bienaventuranza de su alma, claro está que, una vez resucitado, no puede suspender como en Getsemaní sus arrobamientos y goces; pero pierde su felicidad en los hombres, y en aquellos de sus miembros indignos, como son los malos cristianos. ¡Cuántas veces se corresponde a Jesús con la ingratitud y el ultraje! ¡Cuántas y cuántas imitan los cristianos la conducta de los judíos! Jesús lloró una vez sobre la ciudad culpable de Jerusalén; si ahora pudiese llorar en el santísimo Sacramento, ¡cuántas lágrimas le harían derramar nuestros pecados y la perdición eterna de los que se condenan! ¡Cómo nos ama más, le aflige en mayor grado la ruina nuestra que la de los judíos!
Por fin, no pudiendo morir realmente en la sagrada Hostia, Jesús toma al menos un estado de muerte aparente. Se consagran separadamente las sagradas especies para significar el derramamiento de su preciosísima sangre, que al salir del cuerpo le ocasionó muerte tan dolorosa.
Se nos da en la santa Comunión; las sagradas especies son consumidas y como aniquiladas en nosotros.
Finalmente, Jesús se expone también a perder la vida sacramental cuando los impíos profanan y destruyen las santas especies.
Los pecadores que le reciben indignamente le crucifican de nuevo en su alma y le unen al demonio, dueño absoluto de sus corazones. Rursum crucifigentes sibimetipsis Filium Dei.

III
Jesús inmola también en la Eucaristía su vida natural cuanto lo permite su estado glorioso.
En la pasión no perdonó su vida divina; tampoco la perdona en la Eucaristía. Porque ¿qué gloria, qué majestad, qué poder aparecen en los tormentos de su pasión? Allí no se ve sino al varón de dolores, al maldito de Dios y de los hombres, a Aquel de quien había dicho Isaías que no le podía reconocer, desfigurada como estaba su faz augusta por las llagas y las salivas.
Jesús, en su pasión, no dejó ver más que su amor. ¡Desgraciados aquellos que no quisieron reconocerle! Preciso fue que un ladrón, un facineroso, le adorase como a Dios y proclamase su inocencia, y que la naturaleza llorase a su criador.
En el Sacramento continúa Jesús con más amor todavía el sacrificio de sus atributos divinos.
De tanta gloria y de tanto poder como tiene sólo vemos una paciencia más que suficiente para escandalizarnos, si no supiésemos que su amor al hombre es infinito, llegando hasta la locura. Insanis, Domine!
Con cuyo proceder parece este dulce Salvador querer decirnos: ¿Acaso no hago lo bastante para merecer vuestro amor? ¿Qué más puedo hacer? ¡Indagad qué sacrificio me queda por consumar!
¡Desgraciados aquellos que menosprecian tanto amor! Se comprende que el infierno no sea castigo excesivo para ellos...

Pero dejemos esto... La Eucaristía es la prueba suprema del amor de Jesús al hombre, por cuanto constituye el supremo sacrificio.

domingo, 23 de marzo de 2014

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA. Jesús lanza fuera al demonio mudo.

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA



Salmo 24, 15-16
Epístola del Apóstol San Pablo a los Efesios 5, 1-9
San Lucas 11, 14-28

Este tercer domingo se llama comúnmente el domingo del demonio mudo, por contenerse su historia en el Evangelio de la Misa de este día. También suele llamarse el domingo Oculi, de la primera palabra del introito, como por la misma razón se suele dar el nombre de Reminiscere al domingo precedente, y el de Laetare al cuarto domingo. Antiguamente se llamaba este domingo el domingo de los Escrutinios, que quiere decir el examen de los catecúmenos, a quienes disponían para recibir el Bautismo al fin de la Cuaresma, porque el primer examen se hacía en este día. Los griegos le llamaban el domingo del leño precioso y vivificante; es a saber, de la cruz, la que nombran con una sola expresión stauroproscinese. Como la semana que empieza en este domingo es la semana de la mitad de Cuaresma, los fieles han aumentado siempre su devoción y su fervor a proporción que se han ido acercando a aquellos sagrados días en que celebra la Iglesia los grandes misterios de nuestra redención, celebrando los misterios de la pasión, de la muerte, y de la resurrección del Salvador del mundo.

El introito de la Misa es del versículo 16 del salmo XXIV. Este salmo, como ya se dijo, es una afectuosa oración de un hombre extremamente afligido, que perseguido por aquellos mismos a quienes ha llenado de beneficios, no halla consuelo en la amargura de su corazón sino en solo Dios, en quien pone toda su confianza. David perseguido vivamente por su hijo Absalón, implora la ayuda de Dios en su aflicción; y considerando sus males como justas penas de sus pecados, entra en sentimientos muy grandes de penitencia. No hay persona afligida a quien no convenga este salmo, especialmente a las que se hallan combatidas de tentaciones violentas: Oculi mei Semper ad Dominum, quia ipse evellet de laqueo pedes meos. Si el fuego de la persecución se encendiere contra mí cada día más, si mis enemigos hicieren los mayores esfuerzos para perderme, mis ojos estarán siempre puestos en el Señor, en la firme confianza de que me librará de los lazos de mis enemigos, y que con tal que yo no pierda jamás de vista este punto fijo del cielo, este astro benéfico que gobierna todo el universo, no tengo que temer ningún naufragio: Respice in me et miserere mei, quoniam unicus et pauper sum ego. Pero en vano, Dios mío, tendría yo fijos en Vos los ojos y el corazón, si Vos no los pusierais en mí: no atendáis, oh Dios de misericordia, a la muchedumbre y enormidad de mis pecados: dignaos mirarme con ojos propicios: por lo mismo que me hallo destituido de todo socorro, espero ser el objeto de vuestra compasión. No encuentro sino infidelidad en mis mayores amigos, e ingratitud en aquellos a quienes más beneficios he hecho; no observo sino simulación y mala fe en los hombres. Mientras la fortuna se me ha mostrado risueña, mientras he estado en la prosperidad, me he visto rodeado de lisonjeros y de cortesanos; pero lo mismo ha sido verme desgraciado, que hallarme solo y abandonado. Vos solo, Dios mío, sois todo mi consuelo, mi apoyo y mi fortaleza: Ad te Domine levavi animam meam; en ninguna cosa hallo alivio sino en vuestra bondad y en vuestra misericordia; y así no ceso de levantar mi corazón hacia Vos, en quien únicamente tengo mi confianza: Inte confido, non erubescam; no padezca yo, Dios mío, la confusión de verme abandonado de Vos.

La Epístola de este día es una exhortación que hace san Pablo a los de Éfeso para que sean imitadores de Dios y de Jesucristo, amando a sus prójimos como Dios nos ha amado a nosotros; los exhorta asimismo a arreglar sus palabras, a ser agradecidos a los beneficios de Dios, y a vivir como hijos de la luz. Sed imitadores de Dios, les dice, como hijos muy amados. El modelo es muy perfecto, es muy excelente; pero el consejo, por no decir el precepto, no sufre réplica. Jesucristo no os propone otro menos elevado, ni menos noble. Sed perfectos, dice este Señor, como vuestro Padre celestial es perfecto (Math. V) ¿Cuál debe ser la inocencia, la santidad, la perfección de un cristiano con un modelo tan grande? Vosotros habéis recibido la gracia de hijos adoptivos de Dios, les dice san Pablo: Dios gusta que le llaméis vuestro padre; tened, pues, la ternura, la confianza, el reconocimiento que deben tener unos hijos bien nacidos con un padre tan bueno; imitad su dulzura y su clemencia; perdonad a vuestros hermanos, añade san Jerónimo, como Él os ha perdonado a vosotros, tratadlos del mismo modo que Dios os ha tratado a vosotros. San Pablo no exhorta a los de Éfeso a imitar aquellas perfecciones de Dios inimitables, como su sabiduría infinita, su omnipotencia, etc., sino su dulzura, su benignidad, su paciencia en sufrir a los que le ofendan, su misericordia sin límites, y su inclinación a perdonar y hacer bien a los que más le han ofendido. Un corazón bien formado ¿puede no rendirse a este motivo? ¿Puede rehusar seguir un ejemplo semejante? Caminad con espíritu de amor, así como Jesucristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros en calidad de ofrenda y de víctima de un olor agradable a Dios. Vuestras costumbres, vuestras obras, y toda vuestra conducta deben ser una prueba efectiva de que amáis a Jesucristo, así como toda la vida y muerte de Jesucristo es un testimonio incontestable de lo mucho que el Señor nos ama. Dios quiere que le sirvamos con amor. No somos hijos de la esclava para que sirvamos a Dios por temor: somos hijos de la libre, y por consiguiente debemos amar a Dios como los hijos aman a su padre, temiendo más el desagradarle que los castigos a que nos hacemos deudores por haberle desagradado: Fornicatio autem, et omnis immunditia, nec nominetur in vobis. Jamás se oiga entre vosotros ni aun el nombre de fornicación o de cualquiera otra impureza, ni el de la avaricia; porque lo contrario es muy impropio de los que se llaman y pasan plaza de santos. Quiere el Apóstol que los fieles vivan tan apartados de estos vicios, que ignoren hasta el nombre. San Jerónimo pretende, que la palabra inmundicia en este pasaje significa todo género de pasiones vergonzosas. Por más que el corazón del hombre esté corrompido, por más general que sea la corrupción, la pureza será siempre la virtud que se llevará las atenciones de los Santos, y la divisa más hermosa de los verdaderos fieles será una insignia que distinguirá a los hijos de la luz de los hijos de las tinieblas. ¿Son muchos el día de hoy los cristianos marcados con esta señal? No se oiga entre vosotros cosa que ofenda el pudor, ni expresión alguna impertinente o chocarrera. ¿Qué diría el Apóstol si se hallara en las juntas y concurrencias mundanas de nuestro siglo? No es la bagatela y la inutilidad lo más reprensible que hay el día de hoy en las conversaciones de las gentes del mundo: ¡qué licencia, qué escándalo en la materia de la conversación! ¡qué especies tan indecentes en esas alusiones! ¡qué deshonestidad en los términos! Ya no se avergüenzan de lo que en otro tiempo causaba empacho a los mismos paganos. Sin esta sal es insípida y sosa la conversación. Enredos de amor, novelas, obras de un espíritu corrompido por la corrupción del corazón, poesías amorosas, esto es lo que divierte el día de hoy, esto es lo que ocupa y entretiene las conversaciones. ¡Oh y cuántas almas se pierden por esas palabras obscenas, por esas conversaciones demasiado libres, por esos equívocos llenos de veneno, por esos gracejos, por esos chistes lascivos, por esos libros escritos con tanta habilidad, donde no se encuentra sino demasiada sal y demasiada agudeza, pero de donde está enteramente desterrado el espíritu del Cristianismo! Estad bien persuadidos, continúa el Apóstol, que ni el fornicario, ni el deshonesto, ni el avaro, cuyo vicio es una especie de idolatría, no tendrán parte alguna en el reino de Jesucristo y de Dios. ¡Ah, Señor, cuántas personas renuncian el día de hoy esta herencia! La avaricia se llama idolatría, como también la impureza, porque por estos vicios rehúsa el hombre dar su corazón a Dios para no darlo sino al dinero y al deleite, y porque en el uno y el otro el hombre hace su Dios de la criatura, y le sacrifica todas las cosas: Nolite ergo effici participes eorum. No tengáis comunicación alguna con ellos. No hay devoción que no se corrompa conversando con los libertinos; ninguna cosa es más contagiosa que el trato con ellos. San Pablo llama a los deshonestos hijos de tinieblas. En efecto, ninguna cosa encrasa y oscurece tanto el espíritu y la razón, ninguna cosa apaga tanto la fe como este desventurado vicio: espíritu, natural, educación, hasta el sentido común, todo se vicia, todo se oscurece, toda la luz se apaga en un hombre impuro. Andad como hijos de la luz: Ut filii lucis embulate. La fe es una luz: nuestras costumbres, nuestros sentimientos, nuestras acciones, toda nuestra conducta es la prueba más sensible y menos equívoca de nuestra fe. ¡Buen Dios, cuántos cristianos serán tratados algún día como infieles! La impureza llega a apagar de todo punto la fe.

sábado, 22 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA: X. La Santísima Virgen se cría en Nazaret en casa de sus padres hasta la edad de tres años.

X.               La Santísima Virgen se cría en Nazaret en casa de sus padres hasta la edad de tres años.



Cumplidos los ochenta días después del nacimiento de la santísima Virgen, que era el tiempo en que ordenaba la ley que las madres que habían parido hija debían purificarse, llevar la niña al templo, y ofrecer al Señor por sí y por la hija un cordero en holocausto, y un pichón o dos tórtolas; santa Ana no faltó a esta ceremonia que prescribía la Religión, de que era tan celosa. Llevó, pues, la niña Virgen a Jerusalén, y la ofreció al Señor en el templo; pero mientras que se ofrecía por María la víctima prescrita por la ley, esta dichosa niña se inmolaba ella misma al Señor de un modo mucho más espiritual y más perfecto. Hasta entonces no había visto Dios en su templo ni sobre sus altares una víctima tan pura, tan santa, tan agradable a sus ojos, tan digna de sus divinas complacencias. La niña virgen se ofrecía interiormente a su Dios como la más humilde de sus esclavas; y Dios la recibía como a su Hija querida, como a su Esposa sin mancha, como a la que había de ser Madre de su amado Hijo. Solo Dios puede saber cuán agradable le fue esta ofrenda, y las abundantes gracias de que fue acompañado este primer acto exterior de religión de la más feliz y devota niña.

Se cree, y es muy probable, que san Joaquín y santa Ana no llevaron su santa hija al templo solamente para satisfacer a la obligación de esta ceremonia, o presentación puramente legal, sino también para ofrecerla toda al Señor, y consagrársela como un don del cielo, que ellos no tenían sino en depósito, y que estaban resueltos a volvérsele a dar muy luego que estuviese en edad de ser admitida para el servicio del templo.

Acabada la ceremonia volvió la santísima Virgen a Nazaret, en donde fue por espacio de tres años el objeto de los cuidados y las delicias de su santa familia. Como la gracia se había anticipado nueve meses a su nacimiento, también el uso de la razón se anticipó en ella a la edad en que la razón acostumbra desenvolverse en los más niños. Apenas tenía María dos años, cuando ya parecían hacer su carácter la piedad, la prudencia, la mansedumbre y la docilidad. Al modo que los astros, aunque luminosos totalmente desde el punto que aparecen sobre el horizonte, parece van descubriendo a nuestros ojos un nuevo resplandor a medida que se alejan del punto de donde se levante; así la santísima Virgen, semejante a la estrella, de la cual llevaba el nombre, aunque desde el primer instante de su Inmaculada Concepción había recibido el don de sabiduría, no manifestaba sus tesoros sino conforme iba creciendo en edad. Se admiraban todos los días en esta joven niña golpes brillantes de una razón anticipada; todo era en ella extraordinario, porque todo era maravilloso. Habiéndose anticipado la razón a la edad, creyeron san Joaquín y santa Ana que debían anticipar el tiempo de cumplir su voto. Habían prometido al Señor, que sino obstante su larga esterilidad les daba un niño o niña, lo consagrarían a su servicio en el templo. Hallando, pues, en su santa hija en la edad de tres años un juicio, una sabiduría, una devoción anticipada que no se hallaba en ninguna de las otras niñas de mucha edad, determinaron ir a devolverle al Señor un tesoro que hasta entonces no había tenido sino en depósito. Ya se deja discurrir cuánto les costaría este sacrificio. La pequeña hija era todo su consuelo, todo su tesoro y todas sus más dulces delicias; pero cuando el espíritu de Dios es quien nos anima, cuando somos tan religiosos como san Joaquín y santa Ana, se prefiere con gusto a su propia satisfacción lo que se debe al Señor.


Se hizo este doble sacrificio el día 21 de noviembre en el que san Joaquín y santa Ana fueron a ofrecer al Señor en el templo la alhaja que más amaban y apreciaban; y María fue igualmente a animar esta ofrenda, y a efectuar este sacrificio, consagrándose ella misma de todo corazón y del modo más perfecto a su Dios, por la oblación pública y solemne que hizo al Señor de su corazón, de su espíritu, de su cuerpo y de todas las potencias de su alma; y todo esto del modo más santo y más agradable a los ojos de Dios; de suerte que se puede decir que este sacrificio fue el más santo y más perfecto de cuantos se habían hecho a Dios desde el principio del mundo; y esto es lo que se llama la presentación de la santísima Virgen en el templo de Jerusalén.

viernes, 21 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: X. El Niño Jesús disputando con los doctores en el templo de Jerusalén.

X.   El Niño Jesús disputando con los doctores en el templo de Jerusalén.



Por más que la ciudad de Jerusalén está bastante distante de Nazaret, como la santísima Virgen y san José eran muy exactos y religiosos en observar la ley, acudían todos los años a celebrar la fiesta de Pascua a aquella capital. Luego que Jesucristo llegó a la edad de doce años, quiso acompañar a sus padres. El viaje era a lo menos de treinta leguas; pero como la santísima Virgen y san José sabían el espíritu que le animaba, asintieron fácilmente a que hiciera con ellos el viaje. Pasados los días de la fiesta, José y María volvieron a tomar el camino de Nazaret en compañía de los que habían ido con ellos a la fiesta. Aunque nunca perdían de vista a su querido Hijo, pero en esta ocasión permitió Dios que Jesús se quedara en Jerusalén sin que lo advirtiesen: caminaron todo un día, pensando que Jesús iría con la comitiva; pero habiendo llegado por la tarde a Berea, distante tres leguas y media de Jerusalén, quedaron sorprendidos al ver que no iba con los demás caminantes. Todo es misterioso en la vida de Jesucristo. Beda, san Epifanio y san Bernardo son de parecer que en aquellos viajes los hombres iban a pelotones, separados de las mujeres, y que estando san José y la santísima Virgen uno en una banda, y otro en otra, creyeron fácilmente que el niño Jesús, que por la prerrogativa de su edad podía ir indiferentemente en una de las dos, estaría sin duda en una o en la otra: san José creyendo que estaría con María, su madre, y María creyéndole en compañía de su querido esposo. A la tarde, como las dos bandas se juntaban, le echaron menos. Ya se deja considerar cuál sería entonces su inquietud y su dolor. Lo mismo fue amanecer que volver atrás la santísima Virgen y san José; y la mañana siguiente, que era el tercer día después de su partida de Jerusalén, le encontraron en medio de una infinidad de doctores, sentado en una de las galerías o salas que había alrededor del templo, donde los doctores de la ley acostumbraban sentarse y tener sus conferencias: allí el divino Niño enseñaba a los maestros, así con su modestia y mansedumbre, como por la sabiduría y sutileza de sus preguntas, y por la solidez y claridad de sus respuestas; no había en el congreso quien no estuviera lleno de admiración, y se preguntaban unos a otros, si el que hablaba era un niño o un Ángel.

La santísima Virgen, menos sorprendida que los demás de aquella sabiduría tan superior a su edad, porque conocía a su Hijo mejor que ellos, no pudo dejar de manifestarle la pena que les había ocasionado su ausencia: Hijo mío, le dijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos muy afligidos. Quería darle a entender con esto, que si les hubiera dicho una palabra, se hubieran detenido, y le hubieran aguardado con mucho gusto. No debáis estar con pena por mí, respondió el Salvador; podíais pensar que no estando con vosotros estaría en el templo; porque no ignoráis que yo debo emplearme en el servicio de mi Padre en toda ocasión, y buscar en todo su gloria, con preferencia a toda otra obra. Con esto daba Jesucristo a entender bastante que no era simplemente hijo de María, sino que era también el Hijo único de Dios Padre; pero los que estaban presentes no lo comprendieron, excepto la santísima Virgen: por eso el Evangelista añade, que María conservaba todo esto en su memoria para meditarlo despacio.

Habiendo salido Jesús del templo, después de haber dejado a todos los doctores llenos de admiración, volvió con María y José a la pequeña ciudad de Nazaret, donde quiso vivir desconocido, sin que nada se haya sabido en particular de las grandes acciones de virtud que ejercitó en su vida escondida; solo se sabe que obedecía puntualmente a María y a José: que, conforme iba creciendo en edad, mostraba más madurez y prudencia, como si su alma infinitamente santa, y siempre unida a la persona del Verbo, hubiese podido hacer nuevos progresos, y crecer en gracia y en mérito delante de Dios, como lo hacía a los ojos de los hombres, acomodándose a su genio y capacidad.

Pasma el que no habiendo venido el Hijo de Dios al mundo sino para glorificar a su Padre, trabajando en la salvación de los hombres, pasase la mayor parte de su vida en la oscuridad: ¿no hubiera podido en todo aquel tiempo correr el universo, instruir a los hombres con su doctrina, edificarlos con sus ejemplos, convencerlos con sus milagros, y traerlos por todos estos caminos al conocimiento del verdadero Dios? El taller de un artesano ¿era una habitación digna del Salvador de los hombres? Una vida escondida y desconocida ¿debía ser la vida del Mesías? Un retiro tan largo ¿era conveniente a un Hombre-Dios? Es menester que así fuese; pues el que era la sabiduría por esencia, el que no hace nada que no sea con una prudencia consumada, lo jugó así.

¿Quién tenía más en el corazón, quién deseaba promover más la gloria de su Padre que el Hijo de Dios? ¿Quién conocía mejor que Él los medios que eran más a propósito para procurarla? ¿Por ventura la salvación de los hombres no era el fin de su encarnación? ¿Ignoraba acaso que la conversión del universo debía ser su obra? Luego era preciso que una vida pobre, humilde y oscura hasta la edad de treinta años, glorificase más, y fuese más grata a Dios que las más estupendas maravillas: luego la obra de nuestra salvación pedía este silencio, este retiro, esta oscuridad de vida por todo aquel tiempo. ¡Oh, y cómo esta verdad confunde visiblemente nuestra falsa prudencia! ¿Quién de nosotros no hubiera pensado lo contrario? Sin embargo, Dios piensa y obra de distinto modo; pero ¡qué de misterios y qué de lecciones en esta vida escondida de Jesús! El Padre eterno quiere ser glorificado con la vida oscura de su Hijo; y el Hijo de Dios prefiere esta oscuridad de vida a todas las maravillas de una vida brillante a los ojos del mundo. ¡Oh, y cómo esto nos enseña claramente que la perfección y el mérito no consisten en hacer ni en padecer grandes cosas por Dios, sino en no querer ni hacer sino lo que le place a Él!

A la verdad Jesucristo en el taller de Nazaret glorificaba tanto a su Padre con los más viles empleos a que se aplicaba, como lo hizo después en la Judea con sus predicaciones y sus más estupendos milagros: no tenía necesidad este Señor de un gran teatro para hacer grandes cosas; sus acciones las más ordinarias y las menos brillantes eran todas de un mérito infinito que sacaba de su propio fondo. El evangelista solamente dice que Jesús en todo aquel tiempo estaba sujeto a José y María: Et erat subditus illis; encerrando la generalidad de sus eminentes virtudes bajo el solo nombre de sujeción y de obediencia. Es constante que Jesucristo poseía todas las virtudes en sumo grado de perfección, y que hacía los actos de todas ellas durante esta vida escondida; todo lo pretende decir el historiador sagrado, diciendo que estaba perfectamente sujeto: Et erat subditus illis.


Pero ¿por qué un Hombre-Dios escoge una vida pobre, vil y oscura, estando en su mano el vivir en la abundancia y en la magnificencia? No se puede responder otra cosa, sino porque es Hombre-Dios. Ninguna condición convenía mejor al Mesías: un Hombre-Dios no necesitaba de un mérito prestado, ni de una virtud ajena para ser grande y glorioso; habiendo venido al mundo para espiritualizarle, el socorro de los sentidos, de los bienes terrenos, y de un resplandor todo material hubiera perjudicado a su designio; su majestad divina no podía, digámoslo así, darse a conocer, ni hacerse sentir mas bien que viviendo en un estado plebeyo; nada de lo que lisonjea la ambición de un corazón carnal debía tener parte en el establecimiento de una religión del todo sobrenatural; en las humillaciones es propiamente donde su virtud parece todavía divina; y se puede decir que la oscuridad de la condición que ha escogido descubre y hace más visible, por decirlo así, su divinidad a los hombres.

jueves, 20 de marzo de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: LA MARAVILLA DE DIOS.

LA MARAVILLA DE DIOS



Memoriam fecit mirabilium suorum...
“Ha hecho un memorial de todas sus maravillas” (Ps 110, 4)

La Eucaristía es obra de un amor inmenso, que ha tenido a su disposición un poder infinito, esto es, la omnipotencia de Dios.
Santo Tomás la llama “maravilla de las maravillas –miraculorum ab ipso factorum maximum”.
Para convencerse de ello basta meditar lo que enseña la Iglesia acerca de este misterio.

I

La primera maravilla que se obra en la Eucaristía es la transubstanciación, obrada por Jesucristo y después todos los sacerdotes por su divina institución y mandato, toman en sus manos pan y vino, pronuncian sobre esta materia las palabras de la consagración, y al punto desaparece toda la substancia del pan y del vino y se convierte en cuerpo sagrado y sangre adorable de nuestro señor Jesucristo.
Tanto bajo las especies del pan como bajo las del vino se encuentra verdadera, real y substancialmente presente el cuerpo glorioso del Salvador.
Del pan y del vino no han quedado más que accidentes: color, sabor, peso; para los sentidos hay todavía pan y vino, mas para la fe no hay más que unos accidentes que ocultan el cuerpo y la sangre de Jesús. Y estos accidentes subsisten únicamente por virtud de un nuevo milagro de la omnipotencia divina, que suspende las leyes ordinarias de la naturaleza, según las cuales no pueden subsistir las cualidades de los cuerpos sin los cuerpos que las sostienen. Aquí no hay que buscar otra razón que la voluntad de Dios, como es ella misma la razón de nuestra existencia. Dios puede todo lo que quiere, y una cosa no exige de Él mayor esfuerzo que otra. Esta es la primera maravilla de la Eucaristía.

II

Otra maravilla, contenida en la primera, es que este milagro de la transubstanciación se renueva por virtud de la simple palabra de un hombre, esto es, del sacerdote, y tantas veces como él lo quiera. ¿Quiere que Dios se ponga en este altar?... Pues allá viene el Señor. Tal es el poder que le ha concedido.
El sacerdote, revestido de este poder, obra exactamente el mismo milagro que obró Jesús en la cena eucarística, porque obra en nombre de Jesucristo y de Él procede toda la eficacia de su palabra. Nunca ha resistido nuestro Señor a la palabra de su ministro.
¡Oh milagro de la omnipotencia divina! ¡Una simple, mortal y débil criatura encarna a Jesús sacramentado!

III

En el desierto, tomando Jesús cinco panes, los bendijo, y con ellos tuvieron los apóstoles bastante para alimentar a cinco mil hombres. Débil imagen de esta otra maravilla de la multiplicación que Jesús obra en la Eucaristía.
Como Jesús ama por igual a todos los hombres, quiere darse a todos y todo entero a cada uno, de manera que cada uno pueda recoger la parte que le corresponde de este divino maná. Preciso será que se multiplique tanto como sea menester para que le reciban los fieles que lo quieran y cuantas veces lo quieran; hace falta, por decirlo así, que la mesa eucarística cubra el mundo.
Y esto es precisamente lo que se verifica por su poder. Cuantos le reciben sacramentalmente le reciben todo entero y con cuanto es, porque cada una de las hostias le contiene. Dividid estas hostias en muchas partes, en todas las partes que queráis, y Jesús estará todo entero en cada una de ellas. La fracción de la Hostia no divide a Jesús, sino que le multiplica.
¿Quién podrá contar el número de hostias que desde el cenáculo ha puesto Jesús a disposición de sus hijos?

IV

Pero no sólo se multiplica Jesús tanto como las partículas consagradas, sino que, además, por otra maravilla que tiene conexión inmediata con la anterior, está presente a la vez en innumerables lugares.
Durante los días de su vida mortal, Jesús se hallaba en un solo lugar, habitaba una sola casa, por lo que pocas eran las personas privilegiadas que podían gozar de su presencia y tener la dicha de escucharle; mas hoy, presente en el santísimo Sacramento, puede decirse que está en todas partes al mismo tiempo. Su sacratísima humanidad participa, de alguna manera, de la inmensidad de Dios que todo lo llena. Jesús está entero en número indefinido de templos y todo en cada uno de ellos. Y es que como los cristianos, miembros del cuerpo místico de Jesús, están esparcidos por la tierra, es preciso que el alma de este cuerpo místico, Jesús, esté en todas partes llenando todo el cuerpo, comunicando y conservando la vida a cada uno de sus miembros.

Déjanos, ¡oh Jesús amante!, adorar la eficacia de tu poder soberano que multiplica estas maravillas de la Eucaristía, para que así puedas vivir en medio de tus hijos, ser todo para ellos y hacer que ellos puedan a Ti llegarse.

miércoles, 19 de marzo de 2014

19 DE MARZO. FIESTA EN HONOR A SAN JOSÉ.

Algunos textos aplicables a San José



Son poquísimos los textos bíblicos que suelen aplicarse a san José. Él es el administrador fiel y prudente a quien el amo pondrá al frente de su servidumbre para distribuir la ración a su debido tiempo (Lc. 12, 42). Custodio del Señor, que será glorificado (Prov. 27,18). El hombre fiel, que será alabado (Prov. 28, 20). ¿Podríamos por ventura encontrar un hombre como éste, lleno del espíritu de Dios? (Gén. 41, 38). Y Dios le dice: Te he hecho padre de muchos pueblos (Rom. 4, 17). Eres un empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu Señor (Mt. 25, 21-23). Una figura de san José es Noé, en cuanto que él acogió en el arca a la paloma portadora de una rama de olivo, que anunciaba el final del diluvio y la salvación de los hombres. Y san José, acogió a María, la mística paloma, que trae la salvación al mundo al dar a luz a Jesús.

Otra figura de san José en el Antiguo Testamento es Mardoqueo, del libro de Ester. Mardoqueo recibió un sueño de Dios en el que veía una fuentecilla, que se convertía en río de muchas aguas, y apareció una lucecita que se convirtió en sol (Est. 11, 9). Esta fuentecilla, convertida en río caudaloso, a la luz convertida en sol era Ester, a quien el rey tomó por esposa, haciéndola reina (Est. 10, 6). Ester había sido criada por Mardoqueo, que fue a pedirle que intercediese ante el rey, cuando Amán había decidido asesinar a todos los judíos del reino. Por su intercesión, el rey impidió el cumplimiento del decreto de destrucción. Amán fue ejecutado y Mardoqueo, por su fidelidad, fue nombrado el primero después del rey Asuero, muy considerado entre los judíos y amado de la muchedumbre de sus hermanos, pues buscó el bien de su pueblo y habló para el bien de su raza (Est. 10, 3-4). Aquí la reina Ester es figura de María, que ha sido ensalzada por Dios como reina del universo y que ha colaborado en la obra de la salvación de todos los hombres. Mardoqueo es figura de José, que llega a ser el primero después del rey, es decir el virrey; el más importante después de Jesús, rey de reyes, y después de María, la reina. Por otra parte, la mayoría de los autores citan como figura de san José a José, virrey de Egipto. Y aplican a San José el texto Gen 41, 55: Id a José y haced lo que él les diga. En tiempos de hambre, el faraón dirigía a los egipcios hacia José para que éste les distribuyese el trigo acumulado en tiempos de abundancia y les decía: Id a José. De la misma manera. Dios nos dice en nuestros problemas: Id a José. Y así como José fue virrey de Egipto y el más importante del reino después del faraón, así José es el virrey de la Iglesia, es decir, el santo más importante de todos.

San Bernardo (1090-1153) dice: Aquel José, vendido por la envidia de sus hermanos y llevado a Egipto, prefiguró la venta de Cristo: este José, huyendo de Herodes, llevó a Cristo a la tierra de Egipto. Aquel, guardando lealtad a su señor, no quiso consentir el mal intento de su señora: éste, reconociendo virgen a su Señora, Madre de su Señor, la guardó fidelísimamente, conservándose él mismo en castidad. A aquél le fue dad la inteligencia de los misterios en sueños; éste mereció ser sabedor y participante de los misterios soberanos. Aquel reservó el trigo, no para sí, sino para el pueblo; éste recibió el pan vivo del cielo para guardarlo para sí y para todo el mundo. Sin duda, este José, con quien se desposó la Madre del salvador, fue un hombre bueno y fiel.

El Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, al nombrar a san José patrono de la Iglesia Universal, dijo: De modo parecido a como Dios puso al frente de toda la tierra de Egipto a aquel José, hijo del patriarca Jacob, a fin de que guardase trigo para el pueblo, así, al venir la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su Hijo unigénito Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero fue tipo o figura, a quien hizo amo y cabeza de su casa y de su posesión, y lo eligió como custodio de sus tesoros principales.

De la misma manera, el Papa León XIII, en la encíclica Quamquam pluries, el 15 de agosto de 1889, dice: Está afianzada la opinión, en no pocos Padres de la Iglesia, concordando en ello la sagrada liturgia, que aquel antiguo José, nacido del patriarca Jacob, había esbozado la persona y los destinos de este nuestro José y que había mostrado con su esplendor, la magnitud del futuro custodio de la sagrada familia. Así lo interpretó también el Papa Pío XII al instituir la fiesta de san José obrero en 1955, aplicándose las palabras del Génesis 41, 55 (Id a José).


Muchos autores sagrados aplican también a san José las siguientes palabras dirigidas a José virrey de Egipto: En cuanto a mi hijo José lo veo que crece, que no deja de crecer (Gén. 49, 22). ¿Podríamos por ventura encontrar un hombre como éste lleno del Espíritu de Dios? Y dijo el faraón a José: Puesto que Dios te ha dado a conocer todas estas cosas, no hay nadie que sea tan inteligente y tan sabio como tú. Así pues, gobernarás mi casa y todo mi pueblo obedecerá tu voz… Y el faraón, quitándose el anillo, lo puso en el dedo de José y le hizo revestir con trajes de fino lino, y le puso en el cuello un collar de oro. Le hizo montar en el segundo de sus carros y todos gritaban ante él ¡De rodillas! (Gén. 41, 38 ss.).