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viernes, 31 de enero de 2014

SAN JUAN BOSCO: FUNDADOR DE LOS SALESIANOS

SAN JUAN BOSCO

FUNDADOR DE LOS SALESIANOS

(1888 P.C.)


* * *

“En su vida, lo sobrenatural se hizo casi natural y lo extraordinario, ordinario”. Tales fueron las palabras del Papa Pío XI dijo sobre Don Bosco.

Juan Melchor había nacido en 1815, y era el menor de los hijos de un campesino piamontés. Su padre murió cuando Juan sólo tenía dos años. Su madre, santa y laboriosa mujer, que debió luchar mucho para sacar adelante a sus hijos, se hizo cargo de su educación. A los nueve años de edad, un sueño que el rapazuelo no olvidó nunca, le reveló su vocación. Más adelante, en todos los períodos críticos de su vida, una visión del cielo le indico siempre el camino que debía seguir. En aquel primer sueño, se vio rodeado de una multitud de chiquillos que se peleaban entre sí y blasfemaban; Juan Bosco trató de hacer la paz, primero con exhortaciones y después con los puños. Súbitamente apareció una misteriosa mujer que le dijo: “¡No, no; tienes que ganártelos por el amor! Toma tu cayado de pastor y guía a tus ovejas”. Cuando la señora pronunció estas palabras los niños se convirtieron primero, en bestias feroces y luego en ovejas. El sueño terminó, pero desde aquel momento Juan Bosco comprendió que su vocación era ayudar a los niños pobres, y empezó inmediatamente a enseñar el catecismo y a llevar a la iglesia a los chicos de su pueblo. Para ganárselos, acostumbraba ejecutar ante ellos toda clase de acrobacias, en las que llegó a ser muy ducho. Un domingo por la mañana, un acróbata ambulante dio una función pública y los niños no acudieron a la iglesia; Juan Bosco desafió al acróbata en su propio terreno, obtuvo el triunfo, y se dirigió victoriosamente con los chicos a la misa. Durante las semanas que vivió con una tía que prestaba servicios en casa de un sacerdote, Juan Bosco aprendió a leer. Tenía un gran deseo de ser sacerdote, pero hubo de vencer numerosas dificultades antes de poder empezar sus estudios. A los dieciséis años, ingresó finalmente en el seminario de Chieri y era tan pobre, que debía mendigar para reunir el dinero y los vestidos indispensables. El alcalde del pueblo le regaló el sombrero, el párroco la chaqueta, uno de los parroquianos el abrigo y otro, un par de zapatos. Después de haber recibido el diaconado, Juan Bosco pasó al seminario mayor de Turín y ahí empezó, con la aprobación de sus superiores, a reunir los domingos a un grupo de chiquillos y mozuelos abandonados de la ciudad.

San José Cafasso, cura de la parroquia anexa al seminario mayor de Turín, confirmó a Juan Bosco en su vocación, explicándole que Dios no quería que fuese a las misiones extranjeras: “Desempaca tus bártulos –le dijo–, y prosigue tu trabajo con los chicos abandonados. Eso y no otra cosa es lo que Dios quiere de ti”. El mismo Don Cafasso le puso en contacto con los ricos que podían ayudarle con limosnas para su obra, y le mostró las prisiones y los barrios bajos en los que encontraría suficientes clientes para aprovechar los donativos de los ricos.

El primer puesto que ocupó Don Bosco fue el de capellán auxiliar en una casa de refugio para muchachas, que había fundado la marquesa di Barola, la rica y caritativa mujer que socorrió a Silvio Pellico cuando éste salió de la prisión. Los domingos, Don Bosco no tenía trabajo de modo que podía ocuparse de sus chicos, a los que consagraba el día entero en una especia de escuela y centro de recreo, que él llamó “Oratorio Festivo”. Pero muy pronto, la marquesa le negó el permiso de reunir a los niños en sus terrenos, porque hacían ruido y destruían las flores. Durante un año, Don Bosco y sus chiquillos anduvieron de “Herodes a Pilatos”, porque nadie quería aceptar ese pequeño ejército de más de un centenar de revoltosos muchachos. Cuando Don Bosco consiguió, por fin, alquilar un viejo granero, y todo empezaba a arreglarse, la marquesa, que a pesar de su generosidad tenía algo de autócrata, le exigió que escogiera entre quedarse con su tropa o con su puesto en el refugio para muchachas. El santo escogió a sus chicos.

En esos momentos críticos, le sobrevino una pulmonía, cuyas complicaciones estuvieron a punto de costarle la vida. En cuanto se repuso, fue a vivir en unos cuartuchos miserables de su nuevo oratorio, en compañía de su madre, y ahí se entregó, con toda el alma, a consolidar y extender su obra. Dio forma acabada a una escuela nocturna, que había inaugurado el año precedente, y como el oratorio estaba lleno a reventar, abrió otros dos centros en otros tantos barrios de Turín. Por la misma época, empezó a dar alojamiento a los niños abandonados. Al poco tiempo, había ya treinta o cuarenta chicos, la mayoría aprendices, que vivían con Don Bosco y su madre en el barrio de Valdocco. Los chicos llamaban a la madre de Don Bosco “Mamá Margarita”. Pero Don Bosco cayó pronto en la cuenta que todo el bien que hacía a sus chicos se perdía con las malas influencias del exterior, y decidió construir sus propios talleres de aprendizaje. Los dos primeros: el de los zapateros y el de los sastres, fueron inaugurados en 1853.

El siguiente paso fue construir una iglesia, consagrada a San Francisco de Sales. Después vino la construcción de una casa para la enorme familia. El dinero no faltaba, a veces, por verdadero milagro.  Don Bosco distinguía dos grupos entre sus chicos: el de los aprendices, y el de los que daban señales de una posible vocación sacerdotal. Al principio iban a las escuelas del pueblo; pero con el tiempo, cuando los fondos fueron suficientes, Don Bosco instituyó los cursos técnicos y los de primeras letras en el oratorio. En 1856, había ya 150 internos, cuatro talleres, una imprenta, cuatro clases de latín y diez sacerdotes. Los externos eran 500. Con su extraordinario don de simpatía y de leer en los corazones, Don Bosco ejercía una influencia ilimitada sobre sus chicos, de suerte que podía gobernarles con aparente indulgencia y sin castigos, para gran escándalo de los educadores de su tiempo. Además de este trabajo, Don Bosco se veía asediado de peticiones para que predicara, la fama de su elocuencia se había extendido enormemente a causa de los milagros y curaciones obradas por la intención del santo. Otra forma de actividad, que ejerció durante muchos años, fue la de escribir libros para el gusto popular, pues estaba convencido de la influencia de la lectura. Unas veces se trataba de una obra de apologética, otras de un libro de historia, de educación o bien de una serie de lecturas católicas. Este trabajo le robaba gran parte de la noche y al fin, tuvo que abandonarlo, porque sus ojos empezaron a debilitarse.

El mayor problema de Don Bosco, durante largo tiempo, fue el de encontrar colaboradores. Muchos jóvenes sacerdotes entusiastas, ofrecían sus servicios, pero acababan por cansarse, ya fuese porque no lograban dominar los métodos impuestos por Don Bosco, o porque carecían de su paciencia para sobrellevar las travesuras de aquel tropel de chicos mal educados y frecuentemente viciosos, o porque perdían la cabeza al ver que el santo se lanzaba a la construcción de escuelas y talleres, sin contar con un céntimo. Aun hubo algunos que llevaron a mal que Don Bosco no convirtiera el oratorio en un club político para propagar la causa de “La Joven Italia”. En 1850, no quedaba a Don Bosco más que un colaborador y esto le decidió a preparar, por sí mismo, a sus futuros colaboradores. Así fue como Santo Domingo Savio ingresó en el oratorio, en 1854.

Por otra parte, Don Bosco había acariciado siempre la idea, más o menos vaga, de fundar una congregación religiosa. Después de algunos descalabros, consiguió por formar un pequeño núcleo. “En la noche del 26 de enero de 1854 –escribe uno de los testigos– nos reunimos en el cuarto de Don Bosco. Se hallaban ahí además, Cagliero, Rocchetti, Artiglia y Rua. Llegamos a la conclusión de que, con la ayuda de Dios, íbamos a entrar en un período de trabajos prácticos de caridad para ayudar a nuestros prójimos. Al fin de ese período, estaríamos en libertad de ligarnos con una promesa, que más tarde podría transformarse en voto. Desde aquella noche recibieron el nombre de Salesianos todos los que se consagraron a tal forma de apostolado. Naturalmente, el nombre provenía del gran obispo de Ginebra. El momento no parecía muy oportuno para fundar una nueva congregación, pues el Piamonte no había sido nunca más anticlerical que entonces. Los jesuitas y las Damas del Sagrado Corazón habían sido expulsados, muchos conventos habían sido suprimidos y, cada día, se publicaban nuevas leyes que coartaban los derechos de las órdenes religiosas. Sin embargo, fue el ministro Rattazzi, uno de los que más parte había tenido en la legislación, quien urgió un día a Don Bosco a fundar una congregación para perpetuar su trabajo y le prometió su apoyo ante el rey.

En diciembre de 1859, Don Bosco y sus veintidós compañeros decidieron finalmente organizar la congregación, cuyas reglas habían sido aprobadas por Pío IX. Pero la aprobación definitiva no llegó sino hasta quince años después, junto con el permiso de ordenación para los candidatos del momento. La nueva congregación creció rápidamente: en 1863 había treinta y nueve salesianos; a la muerte del fundador, eran ya 768, y en la actualidad se cuentan por millares y se hallan establecidos en todo el mundo. Don Bosco realizó uno de sus sueños al enviar sus primeros misioneros a la Patagonia. Poco a poco, los Salesianos se extendieron por toda la América del Sur. Cuando San Juan Bosco murió, la congregación tenía veintiséis casas en el Nuevo Mundo y treinta y ocho en Europa. Las instituciones salesianas en la actualidad comprenden escuelas de primera y segunda enseñanza, seminarios, escuelas para adultos, escuelas técnicas y de agricultura, talleres de imprenta y librería, hospitales, etc. sin omitir las misiones extranjeras y el trabajo pastoral.

El siguiente paso de Don Bosco fue la fundación de una congregación femenina, encargada de hacer por las niñas lo que los Salesianos hacían por los niños. La congregación quedó inaugurada en 1872, con la toma de hábito de veintisiete jóvenes a las que el santo llamó Hijas de Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos. La nueva comunidad se desarrolló casi tan rápidamente como la anterior y emprendió, además de otras actividades, la creación de escuelas de primera enseñanza en Italia, Brasil, Argentina y otros países. Para completar su obra, Don Bosco organizó a sus numerosos colaboradores del exterior en una especie de tercera orden, a la que dio el título de Colaboradores Salesianos. Se trataba de hombres y mujeres de todas las clases sociales, que se obligaban a ayudar en alguna forma a los educadores salesianos.

El sueño o visión que tuvo Don Bosco en su juventud marcó toda su actividad posterior con los niños. Todo el mundo sabe que para trabajar con los niños, hay que amarlos; pero lo importante es que ese amor se manifieste en forma comprensible para ellos. Ahora bien, en el caso de Don Bosco, el amor era evidente, y fue ese amor el que le ayudó a formar sus ideas sobre el castigo, en una época en que nadie ponía en tela de juicio las más burdas supersticiones acerca de ese punto. Los métodos de Don Bosco consistían en desarrollar el sentido de responsabilidad, en suprimir las ocasiones de desobediencia, en saber apreciar los esfuerzos de los chicos, y en una gran amistad. En 1877 escribía: “No recuerdo haber empleado nunca un castigo propiamente dicho. Por la gracia de Dios, siempre he podido conseguir que los niños observen no sólo las reglas, sino aun mis menores deseos”. Pero a esta cualidad se unía la perfecta conciencia del daño que puede hacer a los niños un amor demasiado indulgente, y así lo repetía constantemente Don Bosco a los padres. Una de las imágenes más agradables que suscita el nombre de Don Bosco es la de sus excursiones domingueras al bosque, con una parvada de rapazuelos. El santo celebraba la Misa en alguna iglesita de pueblo, comía y jugaba con los chicos en el campo, les daba una clase de catecismo, y todo terminaba al atardecer, con el canto de las vísperas, pues Don Bosco creía firmemente en los benéficos efectos de la buena música.

El relato de la vida de Don Bosco quedaría trunco, sino hiciéramos mención de su obra de constructor de iglesias. La primera que erigió era pequeña y resultó pronto insuficiente para la congregación. El santo emprendió entonces la construcción de otra mucho más grande, que quedó terminada en 1868. A ésta siguió una gran basílica en uno de los barrios pobres de Turín, consagrada a San Juan Evangelista. El esfuerzo para reunir los fondos necesarios había sido inmenso; al terminar la basílica, el santo no tenía un céntimo y estaba muy fatigado, pero su trabajo no había acabado todavía. Durante los últimos años del pontificado de Pío IX, se había creado el proyecto de construir una iglesia del Sagrado Corazón en Roma, y el Papa había dado el dinero necesario para comprar el terreno. El sucesor de Pío IX se interesaba en la obra tanto como su predecesor, pero parecía imposible reunir los fondos para la construcción.

“Es una pena que no podamos avanzar” –dijo el Papa al terminar un consistorio–. “La gloria de Dios, el honor de la Santa Sede y el bien espiritual de muchos fieles están comprometidos en la empresa. Y no veo cómo podríamos llevarla adelante”.

–“Yo puedo sugerir una manera de hacerlo” –dijo el cardenal Alimonda.
–“¿Cuál? –preguntó el Papa.
–“Confiar el asunto a Don Bosco”.
–“¿Y Don Bosco estaría dispuesto a aceptar?”
–“Yo le conozco bien” –replicó el cardenal–; “la simple manifestación del deseo de Vuestra Santidad será una orden para él”.

31 DE ENERO. FIESTA DE LA IGLESIA EN HONOR A UN GRAN SANTO: DON BOSCO

SANCTE IOANNES BOSCO

ORA PRO NOBIS!

ORACIÓN

Oh Padre y maestro de la juventud, San Juan Bosco, que tanto trabajasteis por la salvación de las almas, sed nuestra guía en buscar el bien de la nuestra y la salvación del prójimo, ayudadnos a vencer las pasiones y el respeto humano, enséñanos a amar a Jesús Sacramentado, a María Santísima Auxiliadora y al Papa, y obtenednos de Dios una santa muerte, para que podamos un día hallarnos juntos en el Cielo. Así sea.

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ORACIÓN PARA OBTENER ALGUNA GRACIA ESPECIAL

Oh Don Bosco Santo, cuando estabais en esta tierra no había nadie que acudiendo a Vos, no fuera, por Vos mismo, benignamente recibido, consolado y ayudado. Ahora en el cielo, donde la caridad se perfecciona ¡cuánto debe arder vuestro gran corazón en amor hacia los necesitados! Ved, pues, mis presentes necesidades y ayudadme obteniéndome del Señor (pídase la gracia).
También Vos habéis experimentado durante la vida las privaciones, las enfermedades, las contradicciones, la incertidumbre del porvenir, las ingratitudes, las afrentas, las calumnias, las persecuciones y sabéis qué cosa es sufrir.
Ea, pues, oh Don Bosco Santo, volved hacia mí vuestra bondadosa mirada y obtenedme del Señor cuánto pido, si es ventajoso para mí alma; o si no, obtenedme alguna otra gracia que me sea aún más útil, y una conformidad filial a la divina voluntad en todas las cosas, al mismo tiempo que una vida virtuosa y una santa muerte. Así sea.

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ORACIÓN A SAN JUAN BOSCO

Oh Don Bosco Santo, que con tan gran amor y celo cultivasteis las múltiples formas de acción católica que hoy florecen en la Iglesia, conceded a sus asociaciones el mayor progreso y desarrollo. Redoblad en todos los corazones la devoción a la Santísima Eucaristía y a María Auxiliadora de los Cristianos. Acrecentad en ellos el amor al Papa, el celo por la propagación de la fe, un solícito esmero por la educación de la juventud y grandes entusiasmos para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. Haced que en cada una de las naciones se fomente y arraigue la guerra contra la blasfemia y el mal hablar y contra la prensa impía; haciendo surgir en todas partes nuevos cooperadores para las diversas formas de apostolado recomendadas por el Vicario de Cristo. Infundid en todos los corazones católicos la llama de vuestro celo, para que, viviendo en caridad difusiva, puedan al fin de su vida recoger el fruto de las muchas obras buenas practicadas durante ella.
Padrenuestro…, Dios te salve…, Gloria…

San Juan Bosco, rogad por nosotros.

SANCTE IOANNES BOSCO. ORA PRO NOBIS!

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: III. Otras predicciones tocantes a la venida del Salvador.

III.               Otras predicciones tocantes a la venida del Salvador.


* * *

Como el Verbo divino debía hacerse hombre, no solo en favor de los judíos, sino también de los gentiles, quiso Dios, a nuestro modo de entender, hacer que en medio de la gentilidad hubiese oráculos que predijesen la encarnación del Verbo, la venida del Hijo de Dios, y las principales acciones de su vida. Tales son las predicciones de las Sibilas, citadas por los antiguos Padres, las cuales anunciaban, entre otras cosas, el nacimiento de Jesucristo de una madre virgen, su pasión, su muerte, su milagrosa resurrección, y el juicio universal, que son los misterios más estupendos y más sobre la capacidad del espíritu humano. Como el don de profecía es un puro don de Dios, independiente del mérito o de la indignidad del sujeto, como se ve Balaam y en Saúl, que ambos a dos profetizaron, no es imposible que Dios comunicase este don a algunos de entre los gentiles, siguiendo en esto los adorables designios de su providencia.

San Agustín, aquel grande ingenio, superior a tantos otros, refiere en su libro 18 de la ciudad de Dios la predicción que hizo de Jesucristo la Sibila Eritrea, cerca de mil y doscientos años antes del nacimiento del Salvador. Cuenta este santo Doctor la descripción viva y enérgica que esta profetisa hace del juicio final en versos acrósticos sobre estas palabras: Jesu Christus, Dei Filius, Salvador. No es menos admirable ni menos propia la pintura que hace más delante de la pasión del Salvador: estas son sus palabras, según las refiere san Agustín después de Lactancio y de Eusebio de Cesarea, quien cita veintisiete versos de esta misma Sibila, que predicen la primera venida del Hijo de Dios a unirse a nuestra naturaleza, y la segunda a juzgar al mundo.

“Será entregado, dice, en las manos impías de los que no quisieron reconocerle (habla de Jesucristo): este Dios será abofeteado por unas manos sacrílegas, y cubierto de salivas envenenadas que unas bocas impuras vomitarán sobre Él: sus inocentes espaldas serán rasgadas por una tempestad de azotes, y todo su cuerpo será maltratado a golpes, sin que salga una sola palabra de su boca. Su cabeza será coronada de espinas; y en medio de los más crueles tormentos no le presentarán sino hiel y vinagre para apagar su sed. Nación insensata, tú no has querido reconocer a tu Dios disfrazado bajo los velos de la humanidad: tú, por irrisión y por una crueldad inaudita, le has coronado de espinas, y le has abrevado con hiel. Se rasgará el velo del templo, y a la mitad del día se extenderá una noche sombría sobre la faz de la tierra por espacio de tres horas. Morirá en fin tu Dios; pero su muerte, que durará tres días, se podrá llamar un sueño, pues resucitará pasados estos tres días, y su resurrección será acompañada de la de aquellos que volverá Él mismo a la vida.” San Agustín, que trae esta predicción, añade que la Sibila Eritrea vivía en tiempo de la famosa guerra de Troya; es decir, mil doscientos años antes del nacimiento del Salvador del mundo.

Habiendo, pues, dado Dios a los hombres el retrato de su Hijo tanto tiempo antes que se hiciese hombre, era fácil no desconocerle ni equivocarle cuando este Dios-Hombre se dejase ver. La semejanza tan visible y la conformidad tan perfecta entre el modo como el Mesías debía nacer, vivir y morir, según la pintura que de Él habían hecho los Profetas, y el modo como nació Jesucristo, vivió sobre la tierra, y murió; esta conformidad, vuelvo a decir, era más que bastante para desterrar toda perplejidad y toda duda; sin embargo, para mayor abundamiento quiso Jesucristo demostrar su pasión, su omnipotencia y su divinidad con los más estupendos y más incontestables milagros, de los que toda su vida no es otra cosa que un tejido.

Después de haber estado el mundo en una expectación de cuatro mil años, y llegado el tiempo prescrito por Dios, y señalado por los Profetas para la venida del Mesías, estando los judíos esperando ver todos los días, según su cálculo, comparecer al Redentor, que era tanto tiempo había el objeto de sus votos y promesas, se vio en fin nacer el que debía ser su precursor: Juan Bautista, digo, aquel hombre maravilloso, cuya voz, según Isaías, debía hacerse oír en el desierto, y decir a gritos: Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas de nuestro Dios, porque su gloria se va a manifestar, y toda carne verá el cumplimiento de lo que ha sido prometido (Isaí. XL): aquel Ángel mortal de quien Dios había dicho por boca del profeta Malaquías: Veis aquí que envío mi Ángel, el cual dispondrá el camino delante de mí (Malach. III): finalmente, aquel nuevo profeta y más que profeta, que no debía anunciar el Mesías futuro, como lo habían hecho todos los otros, sino que debía mostrarle como ya presente, como en efecto lo hizo, cuando al ver a Jesucristo exclamó: Mirad al Cordero de Dios, veis allí al que quita los pecados del mundo; y cuando en otra ocasión dijo: En medio de vosotros hay uno que conocéis: Él es el que debe venir después de mí, aunque es antes que yo, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de los zapatos (Joan. I).


Se sabe qué maravillas se obraron en la concepción de Juan Bautista, cuyo ministerio de precursor del Mesías anunció el ángel san Gabriel, cuando le dijo a Zacarías: que sin embargo de su avanzada edad y de la larga esterilidad de su esposa Isabel, tendría un hijo que se llamaría Juan.

jueves, 30 de enero de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: EL PADRE NUESTRO.

EL PATER NOSTER



Amen, amen, dico vobis... 
quodcumque petieritis Patrem in nomine meo,
hoc faciam, ut glorificetur Pater in Filio

“En verdad, en verdad os digo... 
cuanto pidierais al Padre en mi nombre,
yo lo haré a fin de que el Padre sea glorificado en el Hijo” 
(Jn 14, 13)

I. Padre nuestro que estás en los cielos, en los cielos de la Eucaristía, a ti, que estás sentado sobre ese trono de gracia y de amor, bendición, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos.

II. Santificado sea tu nombre... en nosotros por el espíritu de tu humildad, obediencia y caridad, y hagamos humildes y devotos que tú seas conocido, adorado y amado por todos en la Eucaristía.

III. Venga a nosotros tu reino... eucarístico. Reina tú solo para siempre sobre nosotros con el imperio de tu amor, por el triunfo de tus virtudes, por la gracia de la vocación eucarística, para tu mayor gloria.
Concédenos la gracia y la misión de tu santo amor, para que podamos predicar, extender y difundir por todas partes con la mayor eficacia tu reino eucarístico, y cumplir así tu vehemente deseo manifestado cuando decías: Ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur (Lc 12, 49). Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué he de querer sino que arda? ¡Ojalá seamos nosotros los incendiarios de este fuego celestial!

IV. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Quererte a ti solo, desearte sólo a ti, pensar solamente en ti sea siempre nuestra mayor alegría y regocijo, de tal manera que, abnegándonos en todo y siempre, el cumplimiento de tu voluntad buena, complaciente y perfecta sea nuestra luz y nuestra vida. Por lo que hace al estado y desarrollo de nuestra Sociedad quiero lo que tú quieras, porque tú lo quieres, del modo que lo quieras, todo el tiempo que quieras; perezcan nuestros pensamientos y deseos, si no proceden puramente de ti, no terminan en ti y en ti no descansan.

V. El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Señor mío Jesucristo que alimentaste diariamente a tu pueblo con el maná del desierto; que quisiste ser la única herencia de los levitas; que legaste a los apóstoles tu divina pobreza, a ti sólo queremos y elegimos por nuestro único procurador y mayordomo. Tú sólo serás nuestra comida, nuestro vestido, nuestra riqueza, nuestra gloria, el remedio de nuestros males y la defensa de nuestros enemigos. Te prometemos no recibir ni desear nada del favor de los hombres ni de la amistad del mundo. Tú serás para nosotros todas las cosas; los hombres, nada, y nada queremos de ellos, como no sean la cruz y el olvido.

VI. Perdónanos nuestras deudas. Perdona, Jesús, los pecados de mi juventud, los cometidos en mi vocación tan santa, para que con buena conciencia y puro corazón pueda con dignidad acercarme a tu santo altar, servirte santamente y merecer alabarte con los ángeles y santos. Perdona los pecados cometidos contra nosotros; no castigues a los que nos combaten, calumnian y persiguen, sino devuélveles bien por mal, beneficios por las ofensas, amor por el odio.
Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Sí, de todo corazón, con caridad verdadera, con toda el alma y con sencillez de niños, se lo perdonamos todo, deseándoles y procurándoles, con entera voluntad y por tu amor, todos tus dones, del mismo modo que los quisiéramos para nosotros.

VII. Y no nos dejes caer en la tentación. Aleja de tu familia eucarística las vocaciones falsas, engañosas, impuras; no permitas que esta pobre y humilde familia caiga jamás en manos de un orgulloso, de un ambicioso ni de ningún hombre duro e iracundo.
No entregues a bestias inmundas y perversas las almas que te confiesan y esperan en Ti.
Preserva a tu familia eucarística de todo escándalo, consérvala virgen de todo vicio, libre de toda servidumbre mundana, extraña al siglo, a fin de que pueda cifrar toda su alegría en servirte santa y libremente, con paz y tranquilidad.

VIII. Mas líbranos del mal. Líbranos del demonio impuro, orgulloso y sembrador de discordias. Líbranos de las preocupaciones y cuidados de esta vida, a fin de que, con corazón puro y espíritu desasido de todo, nos consagremos gozosos con todas nuestras cosas a tu servicio eucarístico. Líbranos de los falsos hermanos no sea que opriman esta pequeña Sociedad, todavía en mantillas; de los sabios del mundo, para que no corrompan en nosotros la sencillez de tu espíritu; de los sabios orgullosos, no sea que provoquen tu cólera y nos abandones; líbranos de los hombres afeminados, no sea que menoscaben el vigor de la santa disciplina y el ardor de la virtud, y, finalmente, de los hombres inconstantes y falsos, no sea que turben nuestra sencillez.


Amén. Espero en ti, ¡oh Jesús y Señor mío! Nunca jamás seré confundido. Tú sólo eres bueno, poderoso, eterno. A Ti solo, honor y gloria, amor y acción de gracias por los siglos de los siglos.

Creemos deber dar el texto original de esta paráfrasis, en la que el alma de S. Pedro Julián Eymard se descubre por completo:

miércoles, 29 de enero de 2014

APOLOGÉTICA: CALVINISMO

PALMIERI

Juan Calvino

La libertad humana

Que el fruto de la siembra dependa de la colaboración de la tierra equivale a proclamar la libertad humana bajo las mociones de la gracia, libertad denegada por calvinistas y jansenistas. La verdadera doctrina aparece expuesta por Palmieri en su tratado De gratia divina actuali tesis 39 y 40 (Galopiae 1885) p.354-369.

La tesis católica establece que la gracia no impone a la voluntad humana aquella necesidad que se llama antecedente, a saber, a ejercitarse, privándola de su poder electivo. En este último sentido entienden los filósofos y los herejes la libertad, y a él nos referimos.


A) Calvinistas y jansenistas

Scharp, calvinista, dice (cf. De libero arbitrio 1.2 c.3): “Nuestra tercera controversia contra los pontificios consiste en averiguar si el hombre después de la caída (de Adán) conserva la libertad de su albedrío en lo que es pertinente a la piedad, de modo que, aunque no pueda obrar nada sin el auxilio de la gracia, sin embargo, una vez ayudado por Dios con ella, puede obrar o dejar de obrar. Lo afirman Belarmino y el concilio de Trento, pero nosotros decimos que Dios obra tan eficazmente y maneja la voluntad del hombre caído de tal modo, que éste no puede por menos de seguir a Dios cuando quiere y obra su conversión”.

En cuanto a los jansenistas, la explicación es la misma. El hombre es libre, para Janssens, sólo en cuanto que no padece una coacción física, pero la gracia tampoco le deja libertad interna para elegir.

Después del pecado, la voluntad humana se siente ineluctablemente atraída por la delectación vencedora, que, si es la terrena, le atrae irremediablemente al pecado, y si es la celestial, determinará su voluntad a buenas obras.

El hombre no es libre para resistir la una ni la otra. Su voluntad fluctúa entre ambas delectaciones, “vencedoras”, según su grado. La Santa Sede ha sintetizado la doctrina de Janssens en estas dos proposiciones: “Nunca se resiste a la gracia interior en el estado de naturaleza caída”. “Para merecer o desmerecer en el estado de naturaleza caída no se requiere la libertad de la necesidad, sino que basta la libertad de coacción”.


B) La doctrina del concilio Tridentino

El concilio de Trento condena esta doctrina como hereje (cf. ses.6 c.4) y rechaza a todos los que afirman “que el libre albedrío, movido y excitado por Dios, no coopera, asintiendo a Dios, que le mueve y llama, y que no puede disentir si quiere, sino que se comporta como algo inánime que no obra absolutamente nada”. Esta última frase hay que entenderla, no sólo en el sentido admitido por los jansenistas de que la voluntad obra, aunque no libremente, sino en el sentido exigido por las líneas anteriores, a saber, la voluntad no permanece pasiva, sino que obra y de tal modo, que en su poder está consentir o disentir. Este fue el objeto de la definición y esto es lo que negaron los herejes, a quienes se pretendió condenar.


C) Escritura y tradición

a) LA SAGRADA ESCRITURA

1. Las Sagradas Letras nos describen las obras ejecutadas mediante la gracia como prescritas por la ley y merecedoras del premio eterno, a la vez que se conmina con penas a quienes se nieguen a seguir los preceptos impuestos en la predicación y en las exhortaciones. Es evidente que todo ello sería absurdo si el hombre no obrase libremente bajo el impulso de la gracia.

2. También se desprende de la Sagrada Escritura que la voluntad del hombre puede resistir a la gracia que le llama, por ejemplo (Apoc. 3,20): Estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré con él. Paralelo a los Proverbios (1,24): Pues os he llamado y no habéis escuchado, tendí mis brazos y nadie se dio por entendido, antes desechasteis todos mis consejos y no accedisteis a mis requerimientos. Asimismo, San Esteban reprende de modo parecido a los judíos (Act. 7,51), e Isaías (5,3-4) se quejaba de la viña que, bien cuidada, no quiso dar sino agraces, y el Señor (Mt. 23,37) lloraba sobre Jerusalén, que había huido de Él cuando quería recoger a sus hijos como una gallina a sus polluelos. Terminamos con San Pablo (Rom. 2,3-4): ¿O es que despreciáis las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a penitencia? Pues conforme a tu dureza y a la impenitencia de tu corazón… Si el hombre no pudiera resistir a la gracia, tampoco podríamos entender ninguno de estos testimonios.


b) LA TRADICIÓN

Calvino reconoce que ésta le es contraria y que su doctrina es nueva. “Cristo –dice– mueve la voluntad no como se ha enseñado y creído desde hace muchos siglos, a saber, como si fuese en nuestro poder y elección obedecer o rechazar su moción…” (cf. Institu. 1.2 c.3).

Precisamente en la controversia pelagiana, en la que pudo exagerarse y negarse la libertad, aparece muy clara la doctrina de la Iglesia. Así Pedro el Diácono, en una carta enviada a los obispos de África desterrados en Cerdeña (c.4 n.3), dice: “El Padre celestial revela la fe al que quiere, atrayendo la libertad a la verdad, no como una necesidad violenta, sino infundiendo su suavidad por el Espíritu Santo”; y los obispos africanos en la Epístola a Juan (c.10) afirman: “Vosotros decís que sólo la misericordia de Dios salva al hombre, y ellos que, si la propia voluntad no concurre y trabaja, nadie se salva, y en realidad las dos cosas han de ser sostenidas dignamente, si admitimos el recto orden existente entre la misericordia divina y la libertad humana, de modo que la una previene y la otra sigue, ya que la sola misericordia de Dios da el principio de la salud, al que después la voluntad humana sigue cooperando a su propia salvación”. Y en el capítulo 12: “Y precisamente porque el hombre goza de libre albedrío, oye y desobedece los preceptos”.

En cuanto a San Agustín, en su libro Sobre la gracia y el libre albedrío defiende la doctrina claramente, admitiendo la definición de libre albedrío de los pelagianos y sosteniendo que, a pesar de la gracia, este libre albedrío persiste. Contra los semipelagianos de Marsella, conviene con ellos en la eficacia de la gracia, y sabido es que estos monjes admiten una gracia a la cual se puede rechazar o consentir.


La historia de los dogmas es bien clara, y a lo largo de toda ella aparece cómo la Iglesia no ha sido menos solícita en defender la necesidad y gratuidad de la gracia que en dejar bien seguro el libre albedrío bajo ella. Condenados fueron los pelagianos, pero antes lo fueron los maniqueos y después los matemáticos astrólogos y aquellos más cercanos al protestantismo, como Wicleff y últimamente Lutero, Calvino y los jansenistas, una de cuyas proposiciones, rechazada como herética, dice: “Para merecer o desmerecer en el estado de naturaleza caída, no es preciso la libertad de necesidad, sino que basta la libertad de coacción”.

martes, 28 de enero de 2014

SANTOS Y HÉROES DE LA CARIDAD: Esclavo de los negros

ESCLAVO DE LOS NEGROS

San Pedro Claver

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“En este puerto de Cartagena brilla desde ahora un faro de esperanza. Estos negros desgraciados, sucios, repugnantes, tienen ya unos brazos para estrecharlos, unas manos que, después de lavarles las heridas, les darán alimento, el dulce consuelo de la caricia y, lo que es más, el agua redentora del bautismo; unos ojos les mirarán con dulzura, unos labios les hablarán de esperanza, del cielo, de Dios, porque Pedro Claver, al emitir su profesión religiosa, ha pedido a los superiores permiso para firmar así el acta de la misma: “Pedro, esclavo de los negros para siempre jamás”. Y toda la vida de Pedro Claver es esto: visitar, enseñar, catequizar, consolar y bautizar a sus negros: más de trescientos mil en cuarenta años de apostolado. Las calles de la ciudad y las sendas del campo le vieron llevando en la mano un bastón en forma de cruz, sobre el pecho un crucifijo de bronce, y en la espalda una alforja… El mal olor de aquella aglomeración de negros en una región tropical y los enjambres de mosquitos, que le pican sin que él los aparte, le dejan tan extenuado, que muchas veces cae desfallecido…Durante catorce años, todas las semanas va a la miserable choza de un negro paralítico, le toma en brazos, le sienta sobre su manteo, le arregla el jergón, le abraza y le vuelve a acostar.

A veces la naturaleza se rebela. Ha llegado a Cartagena un navío cargado de esclavos. En el puerto, como acostumbra, está el apóstol esperando; pero las autoridades niegan la contrata, porque abordo se ha desarrollado entre los infelices esclavos una terrible epidemia de viruela negra, y el buque no es sino un montón pestilente de moribundos y cadáveres en una isla cercana dejan a aquellos desgraciados. Pedro Claver va a la isla; pero es tan terrible el espectáculo de aquella carne podrida, que por instinto vuelve el rostro y se aleja. Pero esto dura un instante; Pedro llora amargamente, se ampara con unos árboles, desnuda su cuerpo y se azota hasta derramar sangre; después se vuelve a vestir, retorna a los enfermos, les pide perdón y, besándolos uno a uno, consuela con su dolor el dolor de aquellos desgraciados. “Pedro Claver, esclavo de los negros hasta la muerte” (cf. I. FLORES DE LEMUS, Año Cristiano Ibero-Americano t.3 p.525-528).

lunes, 27 de enero de 2014

SAN ANTONIO MARÍA CLARET: Del modo de conservar el espíritu eclesiástico.

Del modo de conservar el espíritu eclesiástico


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Cuando uno recibe el santo sacramento del orden y es sublimado a la grande dignidad sacerdotal, si éste ha sido llamado de Dios, como Aarón[1], ut collocet eum cum principibus, cum principibus populi sui[2]; si éste, además de ser llamado y sublimado por Dios a tan alta dignidad, se ha presentado con la vestidura nupcial de la gracia y con la más profunda humildad, considerándose indigno de tanta honra, contemplando cumplidas en sí aquellas palabras: Suscitans a terra inopem, et de stercore erigens pauperem[3], no hay duda, éste ha recibido sacramentum et rem sacramenti, como enseñan los teólogos[4]; esto es, ha recibido un aumento de gracia santificante con la gracia sacramental que llaman caridad de paternidad, que no sólo da al ordenado de presbítero un aumento de vida sobrenatural, sino también una cierta robustez y todos los demás auxilios que son necesarios para desempeñar perfectamente todas las funciones del sagrado ministerio. Este admirable don, que es una especial gracia y caridad paternal para poder tener hijos en Cristo, como decía San Pablo: Per Evangelium ego vos genui[5], no es indeleble, como en efecto lo es el carácter que por la santa ordenación se imprime en el alma del ordenado; puede llegar a contristarse y aun a extinguirse ese espíritu, como lo advertía el Apóstol: Nolite contristare Spiritum Sanctum[6]. Se contrista el Espíritu Santo que habita en el ordenado por pecados veniales, por la flojedad y tibieza en las obras buenas, por las palabras que dice y acciones que hace. Dicen los sagrados expositores[7] que metafóricamente se dice que se contrista el Espíritu Santo a la manera que un señor que va a la casa de un amigo, que en un principio le recibe bien, pero que después de algunos días le dice palabras indebidas, le hace acciones indecorosas, se aflige del amigo y se contrista; así, pues, cuando uno recibe el sacramento del Orden, recibe el Espíritu Santo; pero si después este ordenado dice palabras ociosas, hace cosas que no debe, o no las hace como debe, o las omite, el Espíritu Santo se contrista. Y quizá sus palabras y acciones u omisiones llegarán a tal grado que aun vendrá a extinguir el espíritu, como lo amonesta el ya citado Apóstol: Spiritum nolite extinguere[8]. También es una expresión metafórica, a la manera que se extingue una lámpara si no se pone aceite, sino se le guarda del viento, agua o tierra que la pueda ahogar. Así, pues, el sacerdote, para conservar el espíritu eclesiástico y no ahogarle y extinguirle, ha de amar el retiro, o, si no, el viento del mundo le extinguirá y apagará; ha de librarse del amor a las cosas terrenas, o, si no, le ahogarán ese espíritu. San Juan Crisóstomo dice que la mecha o el pabilo de esa lámpara es la fe, y el aceite son las obras buenas, y la luz es el buen ejemplo[9], y así es como es glorificado el Padre que está en los cielos[10].

Por lo que, amadísimo seminarista, si queréis no extinguir el espíritu y la gracia que habéis recibido en la sagrada ordenación, ni contristarle, ya que por la gracia de Dios sois lo que sois[11]; si queréis, pues, que no sea en vano la gracia que habéis recibido[12]; por último, si queréis ser un siervo y fiel[13], tendréis bien distribuido el tiempo en un plan de vida que habéis de guardar con toda fidelidad; os podréis valer del que os vamos a trazar o de otro que os parezca mejor[14].

1.           Cada año. Haréis los santos ejercicios espirituales.

2.           Cada tres meses. Que serán las témporas, recordaréis la ordenación, como hemos dicho.

3.           Cada mes. Haréis un día de retiro espiritual, en que leeréis los propósitos.

4.           Cada semana. Recibiréis el sacramento de la penitencia.

5.       Cada día. Fijaréis la hora en que os habéis de levantar, después de seis o siete horas de sueño, y seréis puntual en levantaros en la hora, sin dejaros engañar de Satanás cometiendo un acto de pereza.

6.           Ofreceréis a Dios todas las obras del día.

7.           Tendréis una hora, al menos media hora, de oración mental.

8.           Celebraréis la santa Misa con devoción, preparándoos antes y dando gracias después.

9.           Os pondréis en el confesionario todos los días, aunque no haya gente para confesar; si no vienen un día, vendrán otro viendo que les dais oportunidad.

10.        Rezaréis las horas menores con pausa y devoción.

11.        Os ocuparéis en el estudio de la santa Biblia, santos Padres, teología moral y ascética; singularmente leeréis el Rodríguez[15].

12.        Comeréis no sólo con templanza, sino también con mortificación, dando la bendición antes y gracias después.

13.        Después de comer y descansar un rato rezaréis vísperas y completas.

14.        Después os entregareis al estudio de materias propias al santo ministerio.

15.        Por la tarde visitaréis al Santísimo Sacramento que está en el sagrario y además visitaréis a María Santísima en alguna de sus imágenes.

16.        Visitareis a los enfermos en sus casas particulares o en algún hospital o establecimiento de beneficencia.

17.        Por la noche rezareis maitines y laudes con atención y devoción delante de alguna imagen.

18.        Rezareis una parte del rosario con mucho fervor.

19.        Cenaréis muy poco y materia de colación, y os será provechoso al cuerpo y al alma.

20.        Al último haréis dos exámenes, particular sobre alguna virtud, y se hace al mediodía y a la noche, y el general, que comprende todas las cosas del día.

21.        Finalmente, leeréis la meditación que habéis de hacer el día siguiente y os acostaréis, y, puesto en la cama, pensaréis en qué hora os habéis de levantar el día siguiente y qué meditación habéis de tener.

22.        Siempre. Vestiréis hábitos talares.