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domingo, 8 de diciembre de 2013

Segundo Domingo de Adviento

Nota: este domingo por ser 8 de diciembre celebramos la Inmaculada Concepción de María, pero de igual forma dejo lo correspondiente al segundo domingo de adviento para enriquecimiento espiritual propio del tiempo liturgico.

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO


Estando todo el tiempo de Adviento singularmente consagrado al culto divino y a los ejercicios de piedad, y siendo los domingos unos días que piden una aplicación más particular a la oración y a todos los deberes de la religión cristiana, es fácil concebir cuán santa debe ser la celebración de los domingos de Adviento. En el discurso del domingo precedente (ver aquí) ha podido verse lo que san Carlos dice de él en su admirable instrucción a su pueblo. La vigilancia y la solicitud infatigable de aquel Prelado le hizo reiterar las exhortaciones en orden al Adviento en sus concilios provinciales, en sus sínodos diocesanos, y en sus cartas pastorales, en una de las cuales nada omite para inclinar a sus ovejas a que comulguen todos los domingos de Aviento, y a que ayunen por lo menos el miércoles, el viernes y el sábado de cada semana de este tiempo de penitencia.

El Segundo domingo de Adviento, que en otro tiempo se llamaba el tercero antes de Navidad, parece consagrado del todo a la celebración de la primera venida del Salvador, y a prepararse para la solemnidad de su nacimiento. La Epístola que se lee en la misa de este día está tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, a quienes dice el Apóstol, que todo lo que se ha escrito ha sido para nuestra instrucción; a fin de que por la paciencia, y por la consolación que se saca de las Escrituras, conservemos una esperanza firme de ver la verificación de todo lo que se ha predicho. He aquí las promesas que Dios había hecho a los Patriarcas y a los Profetas. He aquí lo que estaba escrito: El Señor vuestro Dios suscitará un Profeta como yo, de vuestra nación, y de entre vuestros hermanos; a Él con preferencia a cualquier otro es a quien debéis escuchar. Moisés, inspirado de Dios, es el que habla al pueblo en este pasaje, prediciéndole el Mesías que debía ser el autor y el origen de su felicidad, después de haber sido el objeto de sus deseos y de sus votos. Estaba prohibido a los hebreos todo género de adivinación. Cuando hubiereis entrado, les dice Dios, en el país que os dará el Señor vuestro Dios, guardaos bien de querer imitar nunca las abominaciones de aquellos pueblos.  Estas abominaciones eran las supersticiones de los paganos, por medio de las cuales pretendían conocer el porvenir, ó precaver los accidentes molestos de la vida. Como pretender purificar los hijos, haciéndoles pasar por fuego.  De aquí procede sin duda la superstición de que habla el Crisóstomo (San Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia), la cual se practicaba saltando por encima de hogueras encendidas, superstición que Teodoreto y el concilio in Trullo condenan con razón como un resto de las antiguas impiedades del paganismo, lo mismo que el consultar a los adivinos, creer en los sueños, y consultar a los augures y a los que se meten a adivinar, y todas las demás supersticiones que Moisés refiere por menor en el cap. XVIII del Deuteronomio, y que el Señor abomina. Vosotros no debéis temer, añade el Profeta, que os falten personas que os descubran las cosas futuras y desconocidas. Dios suplirá cumplidamente a la falta de los adivinos y de los magos, de los encantadores y de los augures, por un Profeta que suscitará en medio de vosotros, y que os instruirá de su voluntad; no tendréis que trabajar para buscarle en las naciones extranjeras: Dios os dará un Profeta suscitado de en medio de vosotros, que no tendrá menos conocimiento que yo, y que os enseñará la verdadera senda de la salud, y el camino recto que conduce a la vida. Dice que será como él: esto es, Profeta, Legislador, Rey, Mediador, Jefe del pueblo de Dios; en una palabra, que será la realidad del que Moisés no era más que la figura.

Es evidente que el Profeta de que habla aquí Moisés, no es otro que el Mesías prometido. Así que los judíos, aun los del tiempo de Jesucristo, no dudaban que Moisés en este pasaje hablaba del Mesías. Los Apóstoles suponen en el pueblo esta opinión como un sentimiento común y universal. San Pedro en el primer discurso que hizo en el templo de Jerusalén, después de la curación del cojo, no tiene dificultad en asegurar que por fin en la persona de Jesucristo se ve el cumplimento de la promesa que Moisés les había hecho en otro tiempo, profetizándoles que Dios les suscitaría un Profeta como él de en medio de sus hermanos. (Hch. III, 22). San Esteban pondera el mismo pasaje a favor de Jesucristo. (Hch. VII). El apóstol san Felipe (Juan . I, 45) dijo a Natanael, que había hallado el Profeta de quien había hablado Moisés en el libro de la Ley. Por fin habiendo visto el pueblo judío la multiplicación de los cinco panes, no dudó que Jesús fuese el gran Profeta prometido por Moisés. (Juan. VI).

En los últimos tiempos, dice Isaías, la montaña de la casa del Señor se establecerá sobre lo más alto de las montañas, y se elevará sobre las colinas, y todas las naciones correrán a ella en tropas. Él nos enseñará sus caminos, y marcharemos por sus senderos; porque la ley saldrá de Sion y la palabra del Señor de Jerusalén. (Isai. II). La ley nueva ha salido de Sion. El Evangelio, el Cristianismo ha nacido en la Sinagoga; Jesucristo no ha predicado más que en la Judea. No ha venido para destruir la ley, sino para cumplirla y perfeccionarla. Hijos de Sion, exclama el profeta Joel (Joel, II), saltad de alegría, regocijaos en el  Señor vuestro Dios, porque os ha dado un Maestro que os enseñará la justicia. En otros cien pasajes de la Escritura se observa el verdadero retrato de Jesucristo en las profecías. Esto es lo que hizo decir a la santísima Virgen en la primera conversación que tuvo con su prima santa Isabel: Luego que el Verbo ha tomado carne en mi seno, el pueblo de Israel ha recibido el cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres, a Abraham y a todos sus descendientes. Esto mismo es también lo que san Pablo quería dar a entender a los cristianos de Roma en la carta que les escribe, cuando les dice que todas las cosas que han sido escritas, lo han sido para nuestra instrucción; y que si el ministerio de Jesucristo miraba singularmente al pueblo circuncidado, esto es, si el Salvador ha querido nacer de la raza de David, y en medio de los judíos; si Él mismo se ha dignado someterse a la ley de la circuncisión, para pertenecer a su pueblo; si les ha predicado por sí mismo, lo que no ha hecho con los gentiles; si ha hecho sus milagros a su vista; si ha obrado la salud del mundo en medio de la Judea, todo esto ha sido para cumplir las profecías y verificar las promesas que Dios les había hecho: privilegio que no han tenido los gentiles, aun cuando no hayan sido excluidos del beneficio de la redención; y que Dios no ha dejado de anunciar su vocación y su conversión en innumerables pasajes de los Profetas, de los cuales habla san Pablo en la Epístola de la misa de este día. Puede, pues, decirse que con predilección había mirado a los judíos: pero este pueblo ingrato se había hecho indigno de ella. Así es que el santo Apóstol, dando a conocer en esta Epístola las prerrogativas a favor de los hebreos, no olvida la misericordia con que Dios ha mirado a los gentiles, y de la cual habían tantas veces hablado los Profetas. Aparecerá la vara de Jesé, dice Isaías, y el que saldrá de ella para ser el Maestro de las naciones, es aquel en quien todas pondrán su confianza.

Fácil es concebir cuán oportunamente está aplicada esta Epístola a este día, singularmente consagrado a celebrar el  cumplimiento de las divinas promesas que Dios había hecho, no solo a los judíos, sino también a todas las naciones del mundo, cuando dijo a Abraham, que todas las naciones de la tierra serían benditas en uno de sus descendientes. (Gen. XXII).

El Evangelio de este día corresponde perfectamente al designio que tiene la Iglesia en este santo tiempo, de disponernos a celebrar dignamente el advenimiento del Salvador del mundo; puesto que se ve en Él el testimonio que le ha dado su santo Precursor, a fin de que, por medio de la predicación de aquel que ha sido destinado para anunciarle, sepamos quién es el que va a venir.

San Juan Bautista, lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre, alimentado en el desierto, se había fortificado mucho más en el espíritu que en el cuerpo. Salió por fin de su soledad, y se presentó al pueblo de Israel, al año treinta y uno de su edad, que era el trigésimo de la del Salvador, y el décimo quinto del imperio de Tiberio. En este tiempo fue cuando el primer heraldo del Redentor, este hombre nacido por milagro, y nutrido entre los rigores de la más austera penitencia; este admirable solitario, oculto hasta entonces en la profundidad de un desierto, recibió la orden para comenzar a cumplir su encargo. Vióse, pues, aparecer el Precursor del Mesías, que los Profetas habían llamado al Ángel de Dios, no solo porque era el enviado de Dios, sino también porque había recibido grandes luces del cielo, y porque vivía en la tierra mas bien como Ángel que como hombre. Era aquella voz poderosa que, según Isaías, debía resonar en el desierto, y enseñar a los pueblos a que se dispusiesen para la venida de su Rey. Él anunció el reino de Dios, clamó contra los vicios que reinaban en el pueblo y en la corte, y no se las ahorró ni con los grandes, ni con el príncipe mismo. 

Era este príncipe Herodes Antipas, el cual mantenía trato escandaloso con Herodías, mujer de su hermano Filipo. San Juan, que gozaba de cierto ascendiente con el Príncipe, no pudiendo ver con frialdad el que viviese en un adulterio escandaloso, le reprendía su crimen. Herodías, irritada por el celo del hombre de Dios, obligó a Herodes para que le hiciese prender. Mientras que el santo Precursor estaba en la prisión, el Señor llenaba toda la Judea con sus maravillas; acababa de curar en Cafarnaúm al siervo del centurión, y de resucitar el hijo de la viuda de Naím, y por todas partes no se hablaba más que de los milagros de este nuevo Profeta. El ruido de tantos prodigios, y la reputación del que los hacía, llegaron a noticia de san Juan. Queriendo el santo Precursor que sus discípulos conociesen el mérito y la cualidad de aquel del cual sabía muy bien que él no era más que el heraldo, se aprovechó de está ocasión para enviarle dos de los más distinguidos de sus discípulos, a fin de que en su nombre, y en nombre de todos le hiciesen esta pregunta: ¿Eres tú el que debe venir, ó debemos esperar otro? El Salvador no les respondió sino con los milagros; dio la vista a muchos ciegos en su presencia, curó instantáneamente a muchos enfermos, y libró un gran número de poseídos del demonio, después de lo cual les dijo: Id, y decidle a Juan Bautista lo que acabáis de ver y de oír; decidle que al imperio de mi voz, los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan; decidle, en fin, que los pobres, que son el desecho del mundo, los pobres, aunque miserables, aunque ignorantes y groseros, vienen a mí, yo les instruyo, y reciben y abrazan mi Evangelio, mientras que los sabios y los grandes de la tierra no pueden ni comprenderle, ni resolverse a observar sus preceptos y sus máximas. Vosotros sabéis que si se ha de creer a los Profetas, estas son las señales que deben dar a conocer al Mesías; pero que no obstante y a pesar de tantos motivos como hay para creer que soy yo verdaderamente este Mesías tan esperado y tan deseado, encuentro muy poca fe entre los del pueblo. ¡Oh, y qué dichoso será aquel que viéndome perseguido permaneciere firme en su fe; que en medio de mis tormentos no rebajará nada en la estima ni en el amor que me tenía, y para quien mi vida pobre y mis humillaciones no serán ocasión de escándalo!

Habiendo despedido el Salvador a los dos discípulos de san Juan, se extendió mucho en las alabanzas de este santo hombre, y dirigiéndose a los que estaban en rededor de Él, les dijo: Cuando habéis ido a ver a Juan en el desierto, ¿qué es lo que pensáis haber visto? ¿Acaso un hombre constante en sus resoluciones, ó ligero como una caña que es juguete del viento? ¿Acaso un hombre sensual, delicado, suntuoso en sus vestidos y criado en la molicie? No, no es en el desierto, es sí en la corte donde reinan la vida blanda y el lujo, y en donde se hallan esta especie de gentes. ¿Qué viene, pues, a ser este hombre a quien habéis ido a ver? Tal vez diréis que es un profeta; mas yo os digo que es más que profeta: que este es el Ángel de quien el Señor, hablando al Mesías, dice en la Escritura: He aquí mi Ángel; he aquí tu precursor, al cual he enviado delante de ti para allanarte los caminos. Estas palabras que el Salvador cita aquí son del profeta Malaquías en el cap. III, en todo el cual no habla más que de la venida del Mesías.

Este Profeta acababa de dirigir una censura sangrienta a los judíos por el modo impío con que trataban al Señor,

domingo, 1 de diciembre de 2013

1o. DOMINGO DE ADVIENTO -LECTURAS BÍBLICAS, REFLEXIONES, MEDITACIÓN Y PROPÓSITOS-


Oración de la Misa de este día como sigue:



Haced, Señor, que resplandezca vuestro poder, y venid, a fin de que con el auxilio y la protección de vuestra gracia, seamos libres y salvos de los peligros ejecutivos, que nos amenazan por nuestros pecados. Así te lo suplicamos a Ti, Señor, que siendo Dios vives y reinas con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Así sea.


La Epístola es tomada de la que escribió el apóstol san Pablo a los Romanos, capítulo XIII, vers. 11 a 14.

Hermanos míos: Sabemos que es tiempo ya que despertemos y salgamos del sueño en que estamos; porque la salud está más cerca que cuando hemos recibido la fe. La noche ha durado hasta aquí: el día va a nacer: dejemos, pues, por tanto las obras de las tinieblas, y revistámonos de las armas de la luz. Caminemos con decencia, como se hace durante el día; no en glotonerías y embriagueces, no en sensualidades y disoluciones, no en pendencias y envidias; mas por el contrario vestíos de Nuestro Señor Jesucristo.


REFLEXIONES.

La noche ha durado hasta aquí: el día va a nacer. Muy larga es la noche cuando dura toda la vida; y es demasiadamente triste el no despertarse hasta la muerte. Sin embargo esta es la suerte deplorable de muchos. Todo el tiempo de la vida, esto es, este número determinado de días que no se nos ha concedido sino para trabajar para el cielo, se nos pasa en un sueño letárgico con respecto a la salud. La vida de la mayor parte de los hombres casi no es otra cosa que un sueño profundo, durante el cual el alma se alimenta de mil fantasías quiméricas. Vastos proyectos de ambición; fantasmas seductores de placeres; vanos, pero funestos triunfos, de todas las pasiones; planes magníficos de fortuna; he aquí los sueños que no dejan de fatigar, pero que agradan. Casi toda la vida se pasa en sueños. Se cree uno poderoso, se cree feliz, se lisonjea de que es rico; pero el adormecimiento no es eterno. La muerte despierta. No se ve el día hasta que se va a perder, y se encuentra uno con las manos vacías, cuando se imaginaba que era más rico. Grandes del mundo, dichosos del siglo, mujeres mundanas, ¡qué sorpresa, qué espanto, cuando os despertaréis a la hora de la muerte, y os dirá el soberano Juez: tiempo es ya de salir de ese adormecimiento, de ese sueño, de ese letargo! Se despierta entonces; la fe, la razón, la conciencia, todo entra en sus derechos. Somos entonces racionales, somos cristianos, se piensa con justicia, no se ve nada mas que un falso brillo: ¡buen Dios, qué bello punto de vista es el lecho de la muerte, desde el cual se presenta con toda claridad la vanidad de todo lo criado, de todo lo que deslumbra, de todo lo que pasa! En el lecho de la muerte, los más grandes príncipes, los señores más poderosos, los que ocupan los primeros puestos, se encuentran al nivel del más vil esclavo: ¿y qué es lo que queda en el sepulcro de aquellos palacios magníficos, de aquellos soberbios equipajes, de aquellos tesoros acumulados con tantos afanes; qué queda de aquellos placeres tan buscados, de aquellas fiestas tan brillantes, de aquellos adornos tan ricos, de aquellos aires tan mundanos y tan joviales? ¡Qué espantoso, qué cruel es el no descubrir al tiempo de despertarse otra cosa mas que paños mortuorios, cenizas, sepulcro, una eternidad desgraciada! La salud está cerca, es decir, que llega el momento decisivo de la salvación eterna, que el Esposo llama a la puerta, el Padre de familias viene a pedir cuenta del empleo de los talentos confiados y escondidos, de este número de días, de horas y de años cuasi del todo perdidos. La salud está cerca: ¡ah! ¡Nunca estuvo más lejos de muchos esta salud eterna! Aprovechémonos del consejo del Apóstol. He aquí el tiempo más a propósito de despertarnos y salir de la somnolencia en que estamos. La Iglesia nos propone estas mismas palabras al principio del Adviento para despertar en nosotros el espíritu de piedad, al acercarse esta gran fiesta, que puede llamarse la fiesta de nuestra salud. Mucho tiempo hace que Jesucristo ha nacido, sin embargo se nos representa como si cada año naciese; y en el tiempo que precede a la solemnidad de su nacimiento, se nos dice que nuestra salud está cerca, y el mismo Apóstol nos instruye acerca de las disposiciones que debemos tener para que el divino Salvador que nace sea nuestra salud. Dejemos, pues, por tanto las obras de las tinieblas, que son las obras del pecado. Revistámonos de Jesucristo, copiemos en nosotros este divino modelo, expresando en nuestra conducta la pureza, la inocencia, la dulzura, la humildad, la sencillez, la caridad, la mortificación, la modestia, el desinterés y las demás virtudes de Jesucristo.


El Evangelio de la Misa es lo que sigue según san Lucas, capítulo XXI, vers. 25 a 36.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas: y en la tierra consternación de las gentes por la confusión que causará el ruido del mar y de sus ondas: quedando los hombres yertos por el temor y recelo de las cosas que sobrevendrán a todo el universo: porque todas las virtudes de los cielos serán conmovidas: y entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con grande poder y majestad. Cuando, pues, comenzaren a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas: porque cerca está vuestra redención. Y les dijo una semejanza: Mirad la higuera y todos los árboles: cuando ya producen el fruto, entendéis que cerca está el estío. Así también cuando veréis hacerse estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sean hechas. El cielo y la tierra pasarán; mas mis palabras no pasarán.

MEDITACIÓN

G. DORÉ - JUICIO FINAL


Sobre la venida del Hijo de Dios como Salvador y como Juez.

PUNTO PRIMERO. –Considera con qué sabiduría y por qué motivo nos propone la Iglesia en este día el doble advenimiento del Hijo de Dios, el uno al fin de los siglos como Juez soberano de todos los hombres, y el otro el día de su nacimiento como Salvador del mundo. Como de estos dos advenimientos depende nuestra suerte eterna y toda la economía de la salvación, la sabiduría de Dios los ha hecho, por decirlo así, con respecto a nosotros, mutuamente dependientes el uno del otro. La cualidad de Salvador debe ponernos en estado de mirar con confianza la de soberano Juez, y la de Juez severo debe conducirnos a ponerlo todo por obra para que nos sea útil y fructuosa la dulce cualidad de Salvador. Este es el espíritu de la Iglesia cuando en el primer día de Adviento nos hace en el Evangelio de la misa una descripción tan espantosa del último juicio, al mismo tiempo que en los oficios nos presenta la imagen más interesante y la más consoladora del nacimiento del Salvador: para que comprendamos que todo lo que Jesucristo tiene de amable, dulce, afable y compasivo en el pesebre, tendrá de terrible, severo, inexorable y espantoso cuando apareciere sobre las nueves lleno de poder y de majestad en el último juicio, y para hacernos ver cuán justo es que sean rechazados por Jesucristo, soberano Juez, aquellos que no quisieron prepararse a recibir a Jesucristo cuando nace como Salvador: ¡qué sentimiento, qué despecho, qué rabia para los réprobos el pensar que este Juez entonces tan terrible, tan espantoso, tan severo, se había dignado hacerse niño por amor de ellos!

TIEMPO DE ADVIENTO 1

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

***

El primer domingo de Adviento es el primer día del año eclesiástico, y el principio de un tiempo privilegiado que precede a la fiesta de Navidad, y que en la intención de la Iglesia no es otra cosa que una preparación para esta gran fiesta. Algunos creyeron que el Adviento era de institución apostólica, pero por lo menos es tan antiguo en la Iglesia como la fiesta de Navidad. Desde que se ha celebrado el día del nacimiento del Salvador, ha exhortado la Iglesia a los fieles a que se preparen para la celebración de este día venturoso, y ella misma les ha dado ejemplo por las oraciones que ha multiplicado en este santo tiempo y por los ejercicios de penitencia que les ha dictado.

San Perpetuo
    Como el Adviento no es otra cosa, según el espíritu de la Iglesia, que un tiempo destinado antes de la fiesta de Navidad para prepararse por medio de la oración, el ayuno y los ejercicios de piedad a celebrar y hacerse favorable el advenimiento, esto es, la venida de Jesucristo, designada por la palabra Adviento; no hay prácticas de penitencia y devoción que los fieles no hayan puesto en uso durante este santo tiempo. San Perpetuo, obispo de Tours, que vivía hacia la mitad del siglo V, viendo que el fervor de sus diocesanos se resfriaba de día en día en los ejercicios piadosos de este santo tiempo, y sobre todo que se habían relajado mucho en cuanto al ayuno, ordenó que se ayunase por lo menos tres días en la semana durante el Adviento, que era entonces de seis semanas como la Cuaresma. El primer concilio de Macon, celebrado el año de 581, ordenó lo mismo, y añadió que se celebrase la misa y el oficio divino según el orden y la regla que se observaba en la Cuaresma.

Este canon del concilio de Macon, que dispone que durante el Adviento se celebre la misa como en Cuaresma, nos da bastante a conocer que el Adviento se ha mirado siempre como la Cuaresma de Navidad; esto es, que así como la Cuaresma de cuarten días había sido instituida en la Iglesia para que sirviese de preparación a la fiesta de Pascua, del mismo modo fue establecido el Adviento para disponernos a la celebración de la de Navidad. Los ayunos del Adviento tenían bastante relación con los de Cuaresma en las iglesias donde se ayunaba todos los días desde el siguiente a la fiesta de san Martín; y esto es lo que dio ocasión a los regocijos que se han acostumbrado en esta festividad, igualmente que se hacía en la víspera de Cuaresma, en cuyo día era permitido comer carne, no comenzándose hasta el otro día la abstinencia y el ayuno. En algunas iglesias el Adviento comenzaba en el mes de septiembre; pero como no se ayunaba más que tres veces en la semana, resultaban siempre solos cuarenta días de ayuno hasta Navidad. El segundo concilio de Tours, año de 567, obligaba a todos los religiosos a ayunar solamente tres días en la semana durante los meses de septiembre, octubre y noviembre; pero el mes de diciembre debían ayunarle todo hasta Navidad. Todo esto manifiesta que el Adviento no ha sido en todas partes igual en cuanto al número de días; ha sido más largo ó más corto, más seguido ó más interrumpido, en tiempos y lugares diferentes; esta diferencia de tiempos y de costumbre se halla en los antiguos Sacramentarios: la práctica de observar un Adviento de cuarenta días ó de seis semanas subsistía aun en el siglo XIII, al menos en algunas iglesias y entre los monjes; y aun después que la Iglesia ha reducido el tiempo de Adviento a cuatro semanas, la abstinencia y el ayuno son de regla indispensable en muchas Órdenes religiosas.

San Pedro Damiano
Los Capitulares de Carlomagno hacen el Adviento de cuarenta días, dándole también el nombre de Cuaresma. Este pasaje de los Capitulares atribuye solo a la costumbre los ejercicios piadosos del Adviento; sin embargo, no deja de declarar que es un tiempo de oración, de ayuno y de penitencia. Y aunque todos los días del año -añadieron- deben ser días de oración y penitencia, los días del Adviento deben ser singularmente consagrados a estos santos ejercicios de religión. San Pedro Damiano da también al Adviento el nombre de Cuaresma. El papa Nicolao I, exponiendo a los búlgaros recién convertidos a la fe las costumbres de la Iglesia católica, no olvida la cuaresma del Adviento como muy antigua en la Iglesia romana. Rodulfo, dean de Tongrés, dice que el Adviento era de seis semanas en Milán y en Roma, y que en Roma se ayunaba todavía entero en su tiempo. El papa Bonifacio VIII en la bula de la canonización de san Luis declara que este gran Príncipe pasaba en ayunos y oraciones los cuarenta días antes de la fiesta de Navidad. San Carlos no hacía más que renovar los antiguos cánones de la Iglesia cuando quería que se exhortase vivamente a todos los fieles a que comulgasen por lo menos todos los domingos del Adviento, mandando a los curas que inclinasen sus parroquianos a observar religiosamente el antiguo estatuto del papa Silverio, que dice, que aquellos que no comulguen muy a menudo, comulguen al menos los domingos de Adviento y de Cuaresma. Estas palabras son muy notables: Ut qui sæpius non communicant, singulis saltem dominicis diebus in Quadragesima corpus Domini sumant, ac præterea diebus dominicis Adventus.

San Carlos Borromeo
Dirigió además san Carlos a sus diocesanos una carta pastoral en lengua vulgar, en la que les enseña, que si el Adviento era de seis semanas en la iglesia de Milán, era para prepararse a recibir el Hijo de Dios, que del seno de su Padre viene a la tierra para conversar con nosotros; que era por tanto necesario en todos los días del Adviento quitar algún tiempo a las demás ocupaciones para meditar en secreto quien es el que viene, de dónde viene, cómo viene, quiénes son los hombres por quien viene, y por fin, cuáles son los motivos y cuál debe ser el fruto de su venida: añade que era necesario prepararse a recibirle, deseando su venida tan ardientemente como la han deseado los Profetas y los justos del Antiguo Testamento, purificándose por la confesión, por los ayuno es y por la comunión sacramental. Les dice que en otro tiempo se había ayunado todo el Adviento, como si todo este tiempo no hubiese sido más que la vigilia de Navidad; la excelencia, la santidad y la celebridad de esta fiesta piden con razón, les dice, una preparación tan grande, y una vigilia tan larga; les exhorta a que ayunen algún día de la semana durante el Adviento, ó muchos días según la devoción de cada uno, y a distribuir con abundancia socorros y limosnas entre los pobres; en este tiempo, dice, en que la caridad del Padre eterno nos dio y nos da aun todos los años su propio Hijo, como un tesoro infinito de todos los bienes, y como una fuente de gracias y de misericordias; que era precisos aplicarse más que nunca a las buenas obras, y a la lectura de los libros de piedad; en fin, que era necesario disponerse de tal manera para este primer advenimiento del Hijo de Dios, que pudiésemos esperar su segundo advenimiento, no solo sin temor, sino con aquella confianza y aquella alegría que acompaña siempre a la buena conciencia. He aquí el resumen de aquella admirable instrucción de san Carlos, por la que, instruyendo a los pueblos tanto por su ejemplo como por sus palabras, había obligado a todos los eclesiásticos de su casa a comer al menos de pescado durante el Adviento, conforme a la costumbre antigua de los adscritos a la Iglesia, dicen las actas de la iglesia de Milán.

Tal ha sido en todo tiempo la persuasión de que el Adviento era un tiempo de penitencia, de oración y de recogimiento, que los obispos de Francia se tomaron la libertad de representar al rey Carlos el Calvo, en 846, que no era conveniente que los obispos permaneciesen en la corte en el santo tiempo del Adviento, ni en la Cuaresma, bajo cualquier pretexto que fuese, y que por lo tanto suplicaban a S.M. les permitiese retirarse a sus diócesis para instruir los pueblos, y prepararlos para las fiestas de Pascua y de Navidad.

He aquí la idea que en todo tiempo ha formado la Iglesia del santo tiempo del Adviento, al cual ha mirado siempre casi al par con el santo tiempo de Cuaresma. Y si todos los domingos del año, como se ha dicho, deben santificarse con tanta religión, ¿con qué ejercicios de devoción, y con qué pureza no deben santificarse todos los domingos del Adviento, tan privilegiados sobre todos los demás del año? El oficio empezaba antiguamente con este invitatorio: Ecce venit Rex, ocurramus obviam Salvatori nostro: He aquí nuestro Rey que viene, salgamos al encuentro a nuestro Salvador. En otras partes se decía también, como se dice hoy: Regem venturum Dominum: venite, adoremus. Venid, hermanos míos, adoremos a nuestro divino Señor, nuestro soberano Rey que debe venir de aquí a pocos días. En algunas iglesias, como en Auxerre, se decía por invitatorio: Ecce lux vera: He aquí que viene la verdadera luz; y durante este tiempo venía un niño desde detrás del altar hasta la silla de los cantores con un cirio encendido. En Marsella durante el Adviento, después de Maitines, y antes de comenzar Laudes, se interrumpía por algún tiempo el oficio para suspirar por la venida del Salvador, y la expectación de la salud: se arrodillaba todo el coro, y se cantaba solemnemente: Emitte Agnum Domine, Dominatorem terræ: Enviad, Señor, el Cordero divino, Señor de toda la tierra; lo cual se continuaba hasta la vigilia de Navidad. De aquí aparece que en todo tiempo nada se ha omitido para reanimar durante el Adviento la religión y la devoción de los fieles.

Para excitarnos, pues, a ésto, la Iglesia nos propone a un tiempo en este día las dos venidas de Jesucristo, como un doble objeto de la devoción de que quiere que estemos penetrados en todo este santo tiempo; persuadida de que si sabemos aprovecharnos de la primera, no podrá menos de ser favorable la segunda. El Evangelio de este día habla de la segunda venida, y la Epístola es una viva exhortación para que salgamos del sueño letárgico en que vivimos, y que nos aprovechemos de estos días de salud, a fin de que no inutilicemos la primera venida del Salvador, que debemos celebrar el día de su nacimiento.

Fuente: P. Jean Croisset, "Año Cristiano ó Ejercicios devotos para todos los Domingos, días de Cuaresma y Fiestas Móviles" TOMO I. Librería Religiosa, Barcelona 1863.